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El vértigo sentimental



Redacción i-bejar.com
Junio 13, 2008

www.ciudadrodrigo.net Me encuentro con un hombre cuyos rasgos físicos son totalmente nuestros, no hay en su presencia física ninguno que lo haga cubano si no fuera su voz. La presencia de Nicolás es reposada y aparentemente tranquila, camina despacio, y p

José Luis Sánchez-Tosal / www.ciudadrodrigo.net


Me encuentro con un hombre cuyos rasgos físicos son totalmente nuestros, no hay en su presencia física ninguno que lo haga cubano si no fuera su voz. La presencia de Nicolás es reposada y aparentemente tranquila, camina despacio, y pierde mucho la vista en el infinito. Escucha todo y habla poco, son silencios sentimentales que el hijo de Ángel López Delgado, aquel concejal socialista fusilado en nuestra incivil guerra, durante nuestro paseo por Ciudad Rodrigo, su inexistente vital y sin embargo presente continuo en él, mientras lo camina despacio y como queriendo ser envuelto por y con el mismo cariño que su madre le ha imbuido de éste.


Nicolás había sujetado sus sentimientos púdicamente hasta que desde la muralla divisamos las Cancheras de Cáceres, entonces, cuando yo le digo: "detrás de ellas están Las Hurdes, y allí, Nicolás, Ladrillar", lugar cercano al punto que fue detenido tu padre después de haber huido en un paraje cercano a Salamanca, cuando al bajarlo de un camión para pasearlo, logró huir de los tiros aunque herido. Nicolás dice la fecha, 7 de agosto del 36, y la de su posterior detención en octubre del 36, después no le quedó más remedio al poder fascista, que hacer un simulacro de juicio sumarísimo del cual salió con pena de muerte, o sea que no salió.


Seguimos caminando, me roza él, y siento su pena ante el tiempo del tiempo que tenía que haber vivido en medio de las calles que andamos, de ese Ciudad Rodrigo que lleva dentro a pesar de haber salido de él con menos de un año, y que está ahora a sus 71 años conociendo, y que no estuvo en ellas más que de la mano del recuerdo que le ha proporcionado su madre. Paramos ante el Ayuntamiento, y lo mira entre admirado por su belleza y orgulloso por la presencia de su padre en él, su timidez se rompe, y pide ante su fachada una foto. Salimos de murallas y allí en el arrabal, en el número 10 de la calle de San Francisco se encuentra con la calle y la casa en que él nació. Es como se la había descrito su madre: "hijo, es una calle que hace L, como un callejón, y allí estaba la casa", y el lugar donde también por vía natural que tenía que haber corrido y jugado durante su infancia, y cuyo destino lo cambió la bestialidad asesina y represiva fascista de nuestra Ciudad. Otra vez noto como, en Nicolás, fluye un manantial de fuertes sentimientos, cruzados de gozo y abatimiento, y también aquí pide una foto ante la casa, mientras la pena y el dolor por todos los enormes recuerdos que le acompañan, pues aunque nada puede recordar el que salió de ella con un año, todo lo tiene presente de la mano de su madre, y por tanto su gozo y orgullo ante la casa se vez mezclado con la pena y la rabia de lo frustrado por aquellos odios sin razón.


Nos vamos de la calle en silencio y él cabizbajo, le vamos a dar un descanso a su trabajado espíritu, por esta tormenta de sentimientos encontrados de gozo y dolor, y nos vamos a cenar.


Allí intento aprovechar para saber de su vida vivida real, la que ha desarrollado en su Cuba, en nuestra Cuba del alma, aquella que en su día nos arrebataron los Estados Unidos mediante el hundimiento del Maine en el que asesinaron a sus propios soldados, para simular un ataque español, eso sí, después de haber avisado a la oficialidad y dejando solo a los soldados rasos y negros dentro, para así declarar la guerra a España. Rápidamente me doy cuenta de la aceptación del régimen de Fidel por parte de Nicolás, su antiamericanismo estadounidense, y cuenta de primera mano lo que es y ha sido el bloqueo sufrido por Cuba, él y su mujer lo hacen mostrando la fatiga de ese duro bregar contra tanto poder, al tiempo que con la satisfacción de sentir un deber cumplido al resistir esa enorme presión de EEUU sobre ellos y su país.


Al partir Nicolás en el coche de mi amigo Maxi Vallejo, cuyo padre que aún vive con 92 años pasó la guerra en la cárcel con el mío, me quedé como parado e ido. Tengo ya ahora una multitud de sentimientos y recuerdos, que se agolpan y se entrecruzan, y que solo me traen preguntas. ¿Es la historia, como dijo Marías, un recuerdo al servicio de una esperanza, o una pesadilla de la que trato de despertarme, o un ansia por otra vida no vivida, y que nos habría correspondido sin nuestro trauma nacional? Sea lo que sea 70 años aun después el abrazo entre Nicolás y yo, restañaba heridas profundas de trágicos recuerdos, que hoy todavía están presentes en los hijos de los damnificados de aquella tragedia. Querer tapar esta historia despreciando la vida y la memoria histórica no es hacer más que un continuismo fascista tan inútil como maligno.


Al separamos, en medio de un vértigo sentimental, Nicolás solo me deja una petición: "Por favor, que el grupo socialista al que perteneció mi padre me envíe a Cuba a la Casa de Castilla y León libros sobre Ciudad Rodrigo y su cultura, pues cuando nos reunimos es a lo que nos dedicamos a recordaros y quereros".

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