Río: sonrisas y favelas

Residencia Mamá Margarita, Béjar

Redacción i-bejar.com
Enero 04, 2008

Río de Janeiro, también conocida como “Cidade Maravilhosa”, ofrece al visitante algunas de las vistas más espectaculares del mundo. Cuando suben al Corcovado o al Pão de Açúcar muchos turistas no dejan de sonreír de satisfacción al contemplar el glamour d

La Voz de Salamanca (Omar Roca Benet) / Río de Janeiro, también conocida como “Cidade Maravilhosa”, ofrece al visitante algunas de las vistas más espectaculares del mundo. Cuando suben al Corcovado o al Pão de Açúcar muchos turistas no dejan de sonreír de satisfacción al contemplar el glamour de las playas y de la bahía de Guanabara. No todos reparan en las aglomeraciones de casas apiñadas sin asomo de ordenamiento urbano alguno que se desparraman por los morros convirtiéndose en el contrapunto de los hoteles estelares. Y sin embargo, la pobreza de las favelas y la fastuosidad de urbanizaciones y complejos hoteleros, abarcadas ambas en un mismo golpe de vista, constituyen un retrato vívido de lo que acontece en la mayor parte de las ciudades brasileñas, donde la riqueza y la pobreza conviven estrechamente manteniendo una relación casi incestuosa.

Curiosamente, las favelas nacieron del lujo. A comienzos del siglo XX el alcalde Pereira Passos impulsó una serie de proyectos urbanísticos que pretendían embellecer el centro de la ciudad de Río de Janeiro con grandes edificios y largas avenidas, en un intento de imitar en la capital de su país lo que había tenido la oportunidad de conocer en París, donde el Barón Haussmann tiempo atrás había plasmado sus novedosas teorías urbanísticas para mayor gloria y seguridad del Segundo Imperio Francés. En ese momento muchas personas pobres, principalmente negros y mulatos, fueron desalojadas de sus humildes viviendas y no tuvieron más remedio que improvisar nuevos lugares de asentamiento en las laderas de las pequeñas montañas que jalonan el paisaje carioca, los “morros”. Así pues, paradójicamente, fue por el deseo de “europeización” y de engrandencimiento que en Río de Janeiro nacieron las favelas, de tal suerte que durante la “belle époque” de las primeras décadas de la centuria pasada, mientras los barones del café, la declinante aristocracia decimonónica y la enriquecida burguesía mercantil y financiera disfrutaban de placenteros días de playa y dulces noches de fiesta, decenas de miles de personas ya residían en lugares donde poco antes sólo campaba la vegetación y las alimañas, en viviendas que no reunían las mínimas condiciones de habitabilidad. Andando el tiempo las comunidades de favelas fueron aumentando su densidad demográfica no sólo por el crecimiento vegetativo que sorprendentemente se imponía a los brotes epidémicos como también por la llegada de miles de personas a la capital del Brasil, desde 1960 capital del Turismo. Sólo recientemente parece que las autoridades muestran un empeño tan vigoroso en mejorar las condiciones de las favelas como de embellecer Rio para los turistas, agradando a los que votan y a los que más gastan. Ahora sólo falta que actúen en consecuencia.

Las favelas ya son centenarias en Río. Hoy como ayer siguen siendo una amalgama de estructuras habitacionales diminutas y superpuestas unas a otras, construidas unas con ladrillos y otras con materiales encontrados en cualquier sitio (maderas, planchas de metal, plásticos, etc), la mayoría sin pintar, con escasísimos cristales en las ventanas, tierra aplanada como suelo, asfixiante falta de espacio y un aire lúgubre que ya inspiró cientos de sambas. Como han proliferado al margen de cualquier planeamiento urbano, el gobierno municipal alega estar desbordado para suministrar servicios que nosotros consideramos imprescindibles, como el agua potable, la electricidad o la recogida de basuras. Más aún, nadie sabe con certeza cuántos núcleos de favelas hay ni cuántas personas viven en ellas. En cuanto al origen del término “favela” existen varias teorías: para unos significa hierba que nace espontáneamente sin plantarse y para otros sería cada una de las figuras geométricas que componen una colmena, lo cual hace que nos preguntemos si ya Camilo José Cela vio en su momento favelas en Madrid.

Afortunadamente la guerra acabó hace muchos años en Madrid, pero en Río de Janeiro existe un conflicto larvado hace cien años que en nuestros días reviste las características de casi una guerra civil. En Brasil se tiende a asociar la existencia de favelas con las altas cotas de delincuencia y asesinatos. Sin posibilidad de progresar mediante la educación que el Estado no ofrece ni de encontrar un trabajo que genere salarios dignos que el Estado no garantiza, muchos jóvenes sienten incentivos para introducirse en el círculo de la criminalidad, robando por su cuenta o entrando al servicio de los jefes oficiosos de algunas favelas, los traficantes, personas que un día “nacieron en la favela” y vendiendo droga a los ricos de Leblon o cualquier otro barrio noble de la ciudad construyeron un pequeño imperio que les permitió rodearse de comodidades y, cual Robin Hood moderno, se convirtieron en héroes al repartir parte de su riqueza entre el resto de la comunidad. Eso antes de ser asesinados por alguna banda rival o por la policía, que sólo entra en las favelas de vez en cuando para tratar de acallar los clamores de la opinión pública, penetrando en ellas a sangre y fuego con carros blindados en operaciones especiales de alto riesgo que se suelen saldar con varias bajas en ambos bandos y también entre la población civil que es alcanzada por “balas perdidas”, concepto que ya de por sí se ha convertido en una variable para contabilizar la mortandad total anual en la ciudad. De la misma manera que en Salamanca se corta una calle por obras en Río de Janeiro se corta porque la policía realiza una operación de castigo en una favela. Películas como Cidade de Deus o Tropa de Elite asombran…por su crudo realismo, en un contexto en el que no es infrecuente que los propios policías trabajen para los traficantes, les vendan armas o incluso les instruyan en el uso de las mismas.

Cualquier cosa desconocida comporta miedo o fascinación. O ambas sensaciones a la vez. Muchos turistas comparten la visión mayoritaria de la élite y la clase media brasileña en cuanto a que las favelas son un lugar peligrosísimo donde la posibilidad de padecer violencia en cuerpo y bienes es altamente probable, por lo que deciden alejarse de ellas todo lo posible; otros turistas han encontrado un nuevo espacio digno de ser conocido mientras viven una intensa experiencia: visitar las favelas en alguno de los viajes organizados por operadores turísticos que muestran algún colegio o el lugar de reunión de miembros de escuelas de samba.

Aprovechando que el río Carioca pasa por Río de Janeiro, un español contemplaba una fotografía impactante en un museo de esa ciudad: a la derecha de la imagen un alto edificio residencial con grandes ventanas y balcones, piscina privativa en cada terraza, pista de tenis y un sinfín de elementos lujosos; a la izquierda, y separado del primero por un muro parecido al de un campo de concentración, una favela mostraba sus casas apiñadas, diminutas y torcidas, con ladrillos desconchados en la fachada y pequeños ventanucos sin cristales. Dos mujeres de unos cuarenta y diez años se aproximaron a la fotografía y, sin poder reprimir grandes carcajadas, no dejaron de manifestar su sorpresa…¡porque el edificio lujoso tenía piscinas en las terrazas! El español, espantado y con un punto de amargura, cambió de lugar sin ganas de reírse a no ser de sí mismo, meditando si el ciego no sería él puesto que, a pesar de sus veintisiete primaveras, aún no se había percatado de todo el egoísmo e indiferencia ante la precariedad ajena que puede cobijar el alma humana. Se supone que el carioca habitante de las favelas ya lo descubrió hace tiempo y por eso canaliza sus esperanzas únicamente hacia su equipo de fútbol, su escuela de samba preferida, la lotería o su iglesia. Definitivamente la capital carioca es una Ciudad Maravillosa; de otra manera no se consigue explicar cómo a pesar de la delincuencia, de la miseria de los pobres y las miserias de los otros, todavía hoy se pueda decir, como en la canción del ministro Gilberto Gil, que “o Rio de Janeiro continua lindo”.

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