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Redacción i-bejar.com
Julio 07, 2008

Rajoy ha criticado duramente el Congreso del PSOE por no incidir en problemas de gran calado como la situación económica que estamos sufriendo o la situación en que se encuentra el actual sistema judicial. Es verdad que este gobierno socialista debiera ce

La Voz de Salamanca (Alfonso Manjón) / Rajoy ha criticado duramente el Congreso del PSOE por no incidir en problemas de gran calado como la situación económica que estamos sufriendo o la situación en que se encuentra el actual sistema judicial. Es verdad que este gobierno socialista debiera centrar sus mayores esfuerzos en resolver los problemas que más preocupan a la población española. Pero no puede tildar de mera “cosmética” las nuevas reformas que el socialismo se propone.

Si el Congreso recientemente celebrado por el PP generó cierta polémica en torno a si el grupo popular quedaba realmente unido y sin fisuras o no, el del PSOE se cierra con otro debate. El de si el conclave ha servido para reorientar los principios ideológicos del partido y así apuntar las líneas estratégicas de gobierno de la presente legislatura, o si esté ha sido un recurso electoralista más del socialismo español que ha evitado pronunciarse sobre los temas que hoy por hoy realmente importan a la ciudadanía.

Bien. Ante todo, el Congreso socialista ha servido para llevar a cabo la renovación de la directiva que Rodríguez Zapatero venía anunciando desde hacía algún tiempo. Sin duda, para afianzarse aún más en su liderazgo indiscutible dentro del partido.

Sin embargo, una vez descifrado ese asunto, parece impensable que la renovación de cargos no venga de la mano de un debate ideológico en el seno del partido. De un replanteamiento de los objetivos que un gobierno ha de proponerse y llevar a cabo de cara a los años venideros. Pero una cosa es cierta: que las bases de un gobierno recién salido de las urnas han de responder a un principio de congruencia necesario. El de reafirmarse en las propuestas electorales recién votadas en positivo y no reorientar de nuevo las prioridades de gobierno. Es más o menos lo que apuntaba Caldera días antes de celebrarse el Congreso: que no se trataba de hacer un nuevo programa electoral, puesto que ya estaba hecho, sino de distinguir cuáles son los objetivos prioritarios de la nueva legislatura. Y, de paso, hacer un debate sobre los principios ideológicos que deben regir en el partido. En todo esto ha consistido básicamente el Congreso.

Ahora bien. Hay que reconocer que este cenáculo socialista ha sido confeccionado sobre un discurso autocomplaciente y triunfalista con un cierto regusto electoralista. Y me planto en lo de “un cierto” regusto electoralista. Porque no puede entenderse este conclave, como muchos lo han hecho desde posiciones partidistas, exclusivamente como un recurso más de cara a obtener nuevos votos o a mantener los ya recibidos. El bálsamo electoral que supone el compromiso adquirido con la elaboración de nuevos proyectos sociales o de calado progresista no puede entenderse sólo como recurso de cara a la obtención del respaldo ciudadano en las urnas. Sino también como el cumplimiento de la responsabilidad que un buen gobierno ha de mantener con todos los sectores de la población. Y si esto se critica desde sectores izquierdistas, valga la pena recordar que ya contravienen con sus afirmaciones a su propia ideología. Porque una cosa es reprobar la insuficiencia de dichas reformas y el no alcance que se da a otros objetivos que importan en otros partidos, y otra muy diferente venir únicamente a argumentar que el PSOE lo único que busca son votos.

Estas reformas, estas nuevas líneas: ¿es lo que realmente importa a la ciudadanía en estos momentos? Miren. No se trata de discutir si esta serie de reformas políticas resuelven problemas de interés general, como hablaba la editorial de ABC tachando el Congreso como “deriva radical” del PSOE a la izquierda. Y no se trata de si responden a las principales preocupaciones de la población española. Está más que claro que lo que realmente le importa a todo el mundo es poder pagar sus hipotecas, tener dinero para llegar a fin de mes, y poder tener garantizado un trabajo que le dé para vivir. Pero un gobierno no sólo ha de tener miras de cara a la resolución definitiva de estos problemas. Aunque sea su máxima prioridad. Sino que ha de llegar más allá. A la satisfacción de las demandas de una serie de colectivos que siempre han estado discriminados y a los que no se les ha escuchado. No se trata de si las leyes son morales o amorales. De si generan división entre españoles o no -que siempre estamos con lo mismo-. Se trata de que todos los ciudadanos se sientan representados por su gobierno sin que la gobernabilidad y el bien común de la nación se vean dañados. Se trata de hacer cada día la vida mejor a aquellos que no ven atendidas sus preguntas ni sus necesidades. Y no de si esta serie de nuevas reformas son la preocupación vital y matinal de cada ciudadano.

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