Comprar Mascarillas Béjar

Miradas



Redacción i-bejar.com
Abril 12, 2008

En el campo de concentración de Sachsenhausen, cerca de Brandenburgo, fueron asesinadas más de 50.000 personas, la mayoría de ellos opositores políticos, judíos, gitanos, homosexuales, polacos y prisioneros de guerra. Cuando me dirigía hacia el tétrico lu

La Voz de Salamanca (Javier García Pedraz) / En el campo de concentración de Sachsenhausen, cerca de Brandenburgo, fueron asesinadas más de 50.000 personas, la mayoría de ellos opositores políticos, judíos, gitanos, homosexuales, polacos y prisioneros de guerra.

Cuando me dirigía hacia el tétrico lugar en el que, hoy día, se encuentra un Centro de Investigación de la Memoria junto con su correspondiente homenaje a las víctimas, venía recordando que, según había leído, los prisioneros procedentes de Berlín llegaban hacinados en trenes infinitos sin ventilación. Probablemente, aquellos trenes del odio y el moderno tranvía cuyo aire acondicionado aliviaba del asfixiante calor del verano centroeuropeo eran conducidos por los mismos raíles. Los judíos berlineses aprisionados en el campo de concentración llegaban al lugar con una estrella de David que certificaba su condición de subhumanos para el régimen nazi. Sesenta años después, un joven español repetía el mismo camino acompañado de un bocata de salami, un bloc de notas y, lo más importante, de un billete de vuelta.

“El trabajo os hará libres”, rezaban las letras de la alta puerta de hierro que durante años separó la vida del infierno. Además de cierto malestar intestinal propio del impacto emocional, sentí un extraño alivio que reafirmaba que no era un error encontrarme allí.

“Nos conducían en filas de dos. Si alguno se salía de la fila, le disparaban. Mientras tanto, la gente del pueblo (refiriéndose a la localidad de Oranienburg) se acercaba, y mujeres y niños, nos insultaban y nos tiraban piedras. Nos mirábamos con incomprensión” decía una víctima de aquel campo, que hoy es guía y trabajador en la recuperación de la Memoria. Imaginar niños apedreando prisioneros por su condición ideológica y religiosa es realmente una imagen sobrecogedora, casi una alucinación, y nos recuerda la magnitud de aquel drama.

Echando un vistazo a los barracones donde hacinaban a los prisioneros, entendí que en Sachsenhausen cada puesta de sol suponía no volver a ver con vida a otros prisioneros de los que al amanecer tan sólo quedaría un recuerdo amargo sin despedida. Pero lo peor de aquella mezcla de miedo y desazón no procedía de pisar la tierra en la que yacen las cenizas de los crematorios, ni de saber que me encontraba en el que probablemente sea el pedazo de planeta Tierra donde el dolor y la infamia hayan estado más concentrados, sino de saber que aquellas gentes vivían en el humillante consuelo de pensar que el mundo no sabía del drama de sus vidas. Aquellas mujeres y hombres que conocieron Sachsenhausen siempre creyeron que, si el mundo supiese de qué forma sobrevivían, les ayudarían acabando con sus vidas, bombardeando el campo y matándolos a todos. Su única esperanza era la ignorancia del resto.

Y el mundo sabía de sobra qué estaba ocurriendo en esos campos nazis. Y no sólo lo sabía, incluso lo aceptaba. “¿Qué hacemos aquí? Ese alemán tiene razón” se decían muchos soldados americanos en Normandía.

Pero ellos, las víctimas de la intolerancia, creían que nadie sabía de su dolor. Incluso, según relataba aquel amable guía, había víctimas que enloquecían acatando una absurda culpa, creando la fantasía de que aquel planeta no era la Tierra y que por ese motivo los aviones británicos, franceses, americanos o rusos no podían llegar hasta allí. Pero el mundo lo sabía todo y aquel planeta era La Tierra.

Pero cómo no comprender el delirio del prisionero. Metámonos en carnes: ¿quién le iba a decir al judío desnudo que dormitaba en una letrina a 5 grados bajo cero que, mientras él vivía aquel calvario, la esperanza de las democracias occidentales residía en un tal Openheimer, que fabricaba una bomba para acabar con la vida de millones personas tan inocentes como él? ¿Quién le iba a decir a aquel niño que, víctima de los experimentos nazis, había caído enfermo de hepatitis B, que el mundo sabía de su dolor, pero que la respuesta de éste era matar varios millones de niños, tan niños como él? Y lo que es más importante, ¿qué víctima de todas aquellas pudo entender la derrota del nazismo si para conseguirla se idearon los mismos medios, tan macabros o más, que los del propio nazismo?

“Nadie hace nada por nosotros. No sabrán que estamos aquí” eran las frases que daban sentido a sus vidas. De esto se deduce que la peor pesadilla de aquella gente no era su vida cotidiana, sino la indiferencia social. En efecto, el judío de 35 kilos de peso que vemos en horribles imágenes de archivo temía más a la indiferencia que a su propio dolor, sufría más la ausencia de compasión que la propia humillación de su día a día.

El dolor y el odio son enemigos despiadados del alma humana. La indiferencia es aún peor, porque el dolor tiene un antídoto que el hombre conoce y lleva consigo. El dolor puede ser fatal pero también pasajero. Y prueba de ello es que una víctima del holocausto puede compartir su dolor con un joven que le atiende perplejo y que, después de alguna que otra lágrima, ambos pueden esbozar la sonrisa que les despide para siempre. A diferencia de la hostilidad, la indiferencia es implacable porque desarma al hombre de su antídoto contra el odio.

En el interminable viaje de vuelta que me devolvía a la vida, y que de nuevo discurría por las mismas vías por las que en algún lugar del tiempo condujeron a personas-tan personas como yo-al Campo de la Muerte, por mi cabeza salían millones de pensamientos que por un lado me irritaban y por otro creaban una extraña adicción a ellos. Sentía frío, podía ver el miedo y el horror en los ojos de la gente, pensando que muchos de nosotros podíamos haber sido víctimas o verdugos de aquel espanto.

Pero en aquel momento me di cuenta de que, sentado frente a mí, se encontraba un bebé que me observaba fijamente con unos enormes ojos azules. Al percatarme de ello, le saqué la lengua y él rio dulcemente.

Y, entonces, mandé una postal a España: aquella tarde aprendí que este mundo es un lugar jodido en el que tan sólo la tierna mirada alcanza a comprender la esperanza.

Temas: