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Hermenéutica, lectura y revolución



Redacción i-bejar.com
Enero 01, 2008

La obra de Dilthey “Dos escritos sobre hermenéutica”, reflexiona sobre el surgimiento de la hermenéutica y apunta y perfila algunos aspectos para la crítica de la razón histórica. Será en este segundo aspecto, independientemente de ulteriores y coyuntural

La Voz de Salamanca (Daniel Molina) / La obra de Dilthey “Dos escritos sobre hermenéutica”, reflexiona sobre el surgimiento de la hermenéutica y apunta y perfila algunos aspectos para la crítica de la razón histórica. Será en este segundo aspecto, independientemente de ulteriores y coyunturales temáticas esbozadas sobre el que se centrará este primer artículo del año 2008.

Wilhelm Dilthey nació en 1833 (un año después de la muerte de Hegel) en Biebrich, una pequeña ciudad renana. Perteneció a una generación intermedia entre Kierkegaard (1813) y Nietzsche (1844). Se trata, como ha dicho Julián Marías, de “la promoción positivista en la que empieza ya a filtrarse el descontento y que intenta evadirse por diversos poros de sus limitaciones; pero sólo Dilthey lo conseguiría, no sin permanecer en buena parte presa todavía del positivismo”. Toda su obra aparecerá efectivamente vinculada, de modo permanente, a la fundamentación gnoseológica de las ciencias del espíritu, que abordan la capacidad humana no solo desde la perspectiva del conocimiento, sino también del sentimiento y la voluntad, siendo éste vértice principal de su obra literaria. Pero la especial dedicación de Dilthey a la filosofía, y más particularmente a la filosofía de la historia, habrá de surgir de su vocación de pensador del pretérito. En este sentido, Eusebi Colomer expone: “Como historiador se esforzará en revivir el pasado y en comprender al hombre de otras épocas en sus objetivaciones históricas; como filósofo su tarea se dirigirá a la fundación de las ciencias históricas y a la comprensión de la vida histórica. Ambos aspectos se reflejan en su obra”.

Bajo el influjo del romanticismo, de su voluntad de revivir el pasado dentro de la propia situación histórica, Dilthey irá conformando una concepción del conocimiento histórico que se identificará con cierta práctica del oficio de historiador. La búsqueda de una solución al problema de una fundamentación de las ciencias del espíritu, de la Historia y en último término de nuestras propias vidas, es el objetivo de Dilthey en “Dos escritos sobre hermeneútica”. El fin que persigue el filósofo es descubrir, en los confines de la experiencia histórica y de la herencia idealista de la escuela histórica, un nuevo fundamento epistemológicamente sólido. El mundo natural asociado al espacio, y en mi opinión, vinculado para Dilthey en el positivismo, ha de contraponerse al mundo espiritual asociado al tiempo, según el autor, se manifiesta en la conciencia de la vida. Los enunciados, es decir, lo que podemos afirmar en nuestras vidas se refieren al mundo porque poseen un significado, pero ese significado está inmerso en una red semántica constituida por el propio discurso en el que se insertan cada una de las frases que le dan sentido. Así pues, los enunciados históricos se refieren a algo exterior, a una situación del mundo, pero también a si mismos, al discurso que los crea y al historiador que los enuncia.

Pongamos el ejemplo de la Transición española para entender esta circunstancia: Durante aquel periodo, hubo un pacto entre las élites para no juzgar políticamente lo que representaron los hechos punitivos de la Guerra Civil y el franquismo, esto no supuso olvidar, sino recordar aquella circunstancia para no volver a repetirla, es lo que Santos Juliá denomina como “echar al olvido” . En la actualidad, la generación que no hizo la Transición y que no protagonizó en primera persona aquellos hechos, reclaman una política de la memoria sobre lo que representó el régimen anterior y la Guerra Civil. Estos grupos no tienen una vivencia directa de la Transición pero han construido (culturalmente) una evocación histórica de ese recuerdo. Por tanto en un concepto amplio de conciencia histórica, en la que puede o no intervenir la vivencia se deben incluir, (sin perder de vista el horizonte del rigor metodológico), las dimensiones de lo cognitivo, lo imaginario y lo emocional, ampliando las posibilidades de diálogo entre la praxis histórica y gran parte de las otras ciencias sociales que tienen como objeto de estudio, desde distintas perspectivas, tales comportamientos humanos : (filosofía, psicología, poesía, música, cine). Sólo desde esta perspectiva se puede entender como bochornosa la actuación de unas personas que en nombre de la figura de Miguel de Unamuno, otorgaron un valor de significado y verdad a unos hechos, que no sólo por no vividos, sino fundamentalmente por no conocidos, cayeron en la extravagancia más repugnante.

Pero, ¿esa conciencia histórica de acuerdo con lo expuesto, es decir, a partir de la actuación sensitiva del recuerdo omnisciente, puede alcanzar un grado de objetividad puro? La respuesta debe partir necesariamente del establecimiento de un contraste esencial entre, por un lado, las ciencias de la naturaleza, consagradas a la observación de fenómenos que se reproducen según leyes rigurosas e inmutables; y por otro las ciencias del hombre, o ciencias del espíritu, cuya realidad primaria es el cambio y cuyo objeto de estudio es una infinidad de acciones conscientes y cargadas de sentido, únicas e irreductibles las unas a las otras. Es así como la historia, según Dilthey, según la interpretación hermenéutica se constituye en la clave para la comprensión de la realidad humana, teniendo por objeto el estudio de individualidades específicas, que es preciso aprehender y para lo cual las nociones generales, los conceptos abstractos y los métodos cuantitativos y estadísticos no resultaban apropiados o suficientes. El conocimiento histórico ha de basarse, pues, en la comprensión consistente en una reconstrucción, lo más escrupulosa posible, de las intenciones y los motivos de los actores de la historia, mediante la utilización de los métodos de crítica creados por la filología clásica, según Dilthey procurando captar su originalidad por medio de la intuición y la simpatía.

Ahora bien, expuestos dos criterios que conforman la Hermenéutica de la historia, esto es, la comprensión del pasado (mundo de espíritu), entendido como una diversidad de estructuras o enfoques capaces de aportarnos mayor grado de información posible, a partir de una evocación entre la que diversos autores discuten las categorías de memoria e historia (vivencia), podemos establecer la plasmación práctica del enunciado teórico, es decir, su expresión.

Es evidente que toda filosofía, todo discurso, toda idea, para resultar inteligible, ha de ser plasmada explícitamente. Y el historiador, al expresar su pasado, escribe también su propia versión del mundo, sus valores y sus sentimientos, lo que resulta muy evidente en historiadores nacionalistas, como ha expresado Hobsbawm en lugar de entender la identidad nacional como un resultado automático del Estado-Nacional, debemos separar el marco legal y político estatal de los procesos culturales de formación y movilización de la identidad nacional. Así dicha identidad, sería un principio organizativo pero imaginado, y el nacionalismo formaría parte del elemento movilizador más aglutinante y recurrente. El historiador, tal como expone Dilthey es un híbrido porque se expresa describiéndose no así mismo, sino a los demás, no a su propio mundo sino a un mundo que le es ajeno. Pero es el historiador el que proyecta su imagen en el espejo del pasado, aunque no para reconocerse directamente en él, al menos no de manera consciente, de modo que el historiador no realiza autobiografías, sino auto-retratos al portador.

Por todo ello, es en la objetivación de la expresión, donde mayores dificultades observo para la calificación del discurso espiritual o histórico como objetivo. En este sentido, y siguiendo los tres estadios de Comte, entiendo que el pretérito ha recorrido como disciplina estos tres momentos para su conformación. En este sentido, la Historia posee en común con el estadio teológico o religioso del positivismo, la necesidad de los seres humanos de trascender el presente, para lo que se recurre, de manera necesaria, a establecer como método la necesidad de superar el paso destructivo del tiempo. Así la Historia, de alguna manera, como la religión, intenta fundamentar la esperanza en un mundo en el que la esperanza no tiene ningún lugar, simplemente porque ese mundo no existe. Intenta otorgar una dimensión racional en un Universo trascendido, que no se puede ver. De modo que la Historia es profundamente religiosa. Pero de acuerdo con Comte la religión fue superada por el segundo estadio, el metafísico, que sería un intento de penetrar en la esencia del mundo mucho más allá del conocimiento aparente. La metafísica ya no crea dioses, sino que trabaja a partir de nociones abstractas, aunque en último término, la finalidad de la metafísica consista como la religión en dar sentido cognoscible a nuestra vida. La Historia, como la metafísica, supone un intento de llegar al conocimiento de la condición humana superando las limitaciones del mundo que ya no es vida mediante mecanismos como la descripción del método, y la evocación (unión memoria e Historia), por ello, exige, de manera análoga a la filosofía metafísica una gran capacidad de abstracción, sin la cual, es imposible construir pasado. Y por último, la Historia, en su estadio positivo, es la respuesta romántica de superar el paso devastador del tiempo, de trascender las limitaciones de los sentimientos, de aspirar a la realización de los deseos. Precisamente por imperfecta, por teológica, por metafísica, por incorrecta, por inexacta, se configura como una expresión que no puede ser abandonada en el momento presente, porque, frente a ella, aún no tenemos alternativa posible.

Hace unos años, Pierre Vilar en una conferencia dictada en el Colegio de España de París sobre la conclusión de la Historia, afirmó que lo más importante de esta ciencia social es que carece de cualquier atisbo de tautología, o bien que todo buen discurso estructural que el historiador construye ha de tener un carácter de provisionalidad, incidiendo en la idea de que el pasado es un proceso sin fin, una construcción constante . ¿Qué distingue el aprendizaje sobre el pasado de otras formas de aprender y le da su carácter propiamente histórico?. Para J. Rüsen esta pregunta es esencial a la hora de desarrollar un modelo explicativo. La especificidad se sitúa en la tarea de experimentar e interpretar el tiempo para poder orientarse, mediante la memoria histórica en la propia vida. En mi opinión la construcción y expresión del pasado no resultan explícitamente un ejercicio de naturaleza objetiva, pero esto no significa que debamos quitar la etiqueta de ciencia a la Historia. Entre el positivismo de Comte, y la hermenéutica de Dilthey, comparto más la segunda concepción teórica para la epistemología pretérita. Entiendo que el proceso que lleva a la didáctica del pasado ha de tender hacia una expresión objetiva sin que la objetividad total pueda alcanzarse debido a la propia condición social de individuos. Por todo ello, y de acuerdo con Dilthey es necesario explicar el pasado a partir de una diversidad de estructuras interpretativas. Los historiadores no estamos para hacer memorias, que es parcial y discontinua. La memoria recuerda, pero en ese recuerdo en ocasiones no hay nada, o nada más que discursos para el presente. La Historia como explica Santos Juliá debe dar cuenta de todo. Y para dar cuenta de todo, no debemos despreciar la hermenéutica, la memoria como método. Me gusta en este sentido, la opción postmoderna de Hayden White, el discurso como artefacto literario que se fija en el contenido de la forma, y también me parece esencial la transformación de la semántica de Reinhart Koselleck. Debemos aspirar a hacer una historia interdisciplinar y de links para la comprensión y correcto tratamiento del pasado, porque como dijo Kant, debemos “atrevernos a conocer”, a querer saber, pero ese saber, como señalan Francisco Bautista Pérez y Marisa González de Oleada , debe incluir la propia responsabilidad del historiador en lo acontecido, esto es, un querer saber que albergue “aquello que preferiría olvidar”.

Joaquín Sabina escribió: “la vida no es un bloc cuadriculado, sino una golondrina en movimiento, que no vuelve a los nidos del pasado porque no quiere el viento” , de modo que la gestión del pretérito, precisa de tanta valentía como rigor. Si nos embaucamos en la comodidad de la que se desprenden análisis marcadamente autónomos de toda reflexión epistemológica, acabaremos arrastrados por algo que no tendría demasiado que ver con el relato histórico sino con una doctrina tautológica. De igual manera, cuando preferimos encadenar al viento que siempre ha de soplar libre en la reflexión histórica, estaremos privando al lector del placer intelectual de la sorpresa. Elegir uno de los dos extremos, implica empobrecer un mundo que no está conformado en análisis dicotómicos. De modo que no cortemos las alas de la golondrina que vuela libre por los renglones del bloc cuadriculado, porque la vida, como la Historia, sólo se aprende a través del error, el problema, la crisis. Quizás esta sea la principal filosofía hermenéutica de nuestra existencia. Y esto no está a día de hoy ni en los partidos y en las asociaciones, en ocasionas sectarias, por momentos interesadas, donde la densidad de la experiencia juega un papel prácticamente residual. Está en los libros y en la lectura, seguramente el más revolucionario acto para la libertad. Mis mejores amigos, bien saben lo que digo.

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