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Ha llegado el momento de poner en venta TVE…



Redacción i-bejar.com
Septiembre 09, 2008

Por indicaciones de Santiago Malmierca (colaborador de CIUDADRODRIGO.NET) publicamos en La Voz de Salamanca este artículo de enero de 2008 que el autor considera que es de bastante actualidad a pesar de los meses transcurridos. - La columna del salman

Ciudadrodrigo.net (Santiago Malmierca) / Por indicaciones de Santiago Malmierca (colaborador de CIUDADRODRIGO.NET) publicamos en La Voz de Salamanca este artículo de enero de 2008 que el autor considera que es de bastante actualidad a pesar de los meses transcurridos.


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Una corporación que demanda alrededor de 1.290 millones de euros del erario público, cuya equivalencia en las antiguas pts. sería del orden de los 215.000 millones- el presupuesto del año en curso -, y que para el gasto de esa suma nada irrisoria expone, con ese atrevimiento que da la ignorancia, la justificación del servicio público que presta a los españoles más la oxidada insignia de su carácter independiente, y que atravesada como está, la mencionada corporación, como estamos toditos los demás súbditos por las veneradas leyes del mercado no renuncia tampoco a darse aliento financiero con elevadas dosis de publicidad (“…la publicidad es simple y llanamente agresión, una fuerza contra la gente. Madison Avenue en Nueva York es una poderosísima agresión contra la conciencia privada…”) (1); es una corporación que perdió ya su razón de ser pública y que por tanto como cualquier otra empresa de parecido tamaño que ha llegado a ese punto de descomposición, merece ser puesta en manos de los administradores y en el aire del mercado…


Remotos están y veteados de una cierta nostalgia artística los tiempos en que TVE era la única dueña del espacio público planeando por las antenas de televisión. Hoy ese mismo espacio público lo informa también una vasta red de televisiones –muchas de ellas emitiendo muy lejos de aquí, desde otras regiones del planeta- que con la mismita falsa y buena conciencia de servidora del público con la que TVE se presenta; pueden presentarse, sin ningún rubor, ellas también. A más de esto buena parte del dinero público del que se alimentan proviene de esa institución esencial al sistema que es el mercado de valores o bolsa – y al que uno acude más o menos libremente en busca de recompensa- y no de los impuestos o exacciones con los que acudimos desganados y engañados al sostenimiento de la otra, es decir, TVE…


M. Mcluham al diseccionar los medios de comunicación de masas en los 60 y 70 del siglo pasado decía que: “…el término obsolescencia nunca significó el final de algo; es, al contrario, el principio de ese algo. Tomad el automóvil como ejemplo. Hay un viejo dicho en el mundo de los negocios que sostiene: si funciona es que está ya obsoleto. Esto es literalmente cierto, pues hasta que un proceso no ha penetrado las sensibilidades de una comunidad entera, no ha empezado en realidad a hacer su trabajo” (2). Pues bien, si trasladamos esta concisa descripción de en que consiste la obsolescencia al concepto de lo público que aún se empeña en arrogarse como privilegio TVE, se verá que esta reivindicación carece de sentido… Como se decía, lejos están los años del blanco y negro y primer color cuando TVE, como único medio dominante, intentaba penetrar la conciencia colectiva del país. Lejos están aquellos años en los que se jugaba la suerte del nuevo y mágico medio… Al final la televisión triunfó, su carga electromagnética vino a formar parte de nuestro sistema nervioso colectivo; cuando ya era un medio obsoleto – formaba ya parte de nuestro mobiliario doméstico con la misma categoría que una aspiradora-, el mercado exarcebó las ansías de nuevos servidores del espacio público –nuevas televisiones- que paradójicamente se autoproclamaban servidores privados de ése mismo espacio público y se produjo la explosión, la obsolescencia: el concepto de lo público que TVE decía servir, se fragmentó, se uniformizó; fue desvalorizándose, valorizándose a la vez como ágora virtual contraria a cualquier viso de comunicación en la que aventar, primordialmente, el submundo de la intimidad.


Desde ese instante los conceptos de público y privado fueron intercambiables. Hoy hemos ido más lejos todavía y puede decirse que un espacio público planetario ondula sobre nuestras cabezas como mero reflejo de nuestras pesadillas cotidianas. Entonces, ¿con qué certeza puede hoy TVE atribuirse la nula dignidad de ser un medio genuinamente público? Con ninguna, pues queda claro que esa misma dignidad pueden atribuírsela las demás televisiones : llegan a una idéntica conciencia colectiva. La única diferencia es una espuria cuestión de propaganda: cuando como corresponde a una época que le gusta plasmarse en la estadística, el presentador o presentadora de turno anuncia, con una mueca sostenida, el grado de audiencia que esta u otra cadena ha conseguido durante un breve momento de la programación, nada más.


En cuanto a la aireada independencia u objetividad del medio, bueno.., ni es posible ni tampoco un empeño demasiado loable.


¿De veras? Sí, de veras… En las primeras páginas de una de las grandes novelas del S. XX, dos personajes, el principal y otro, charlan amigablemente sobre la mesa de un café en la Plaza Clichy en París. Llegado un momento y con el ruido de botas de un regimiento que pasa delante del café y que se dirige al frente, estamos metidos de lleno en le I Guerra Mundial, uno le dice al otro: “Pero nos queda el amor, Bardamú…”. “Arthur, el amor es el infinito puesto al alcance de los caniches y yo, Arthur, tengo mi dignidad…”; le responde el personaje principal. O sea que la independencia de espíritu es el infinito puesto a nuestro alcance y en este caso no hay ningún Bardamú que sea capaz de dar un paso atrás porque su dignidad se lo diga; es decir, por su carácter inmune con respecto al medio en el que vive, que hoy, como se sabe, el medio en el que uno vive es esa nave espacial llamada Tierra: “Esta nueva interdependencia electrónica recrea el mundo bajo la imagen de una aldea global…” (3); ni por su carácter inmune con respecto al influjo de los medios que lo rodean: “Todos los medios nos sacuden completamente. Son tan influyentes en sus consecuencias políticas, económicas estéticas, psicológicas y personales, que no dejan parte alguna de nosotros sin afectar. El medio es el mensaje y el masaje. Cualquier comprensión del cambio social y cultural es imposible sin un conocimiento de la manera en que los medios funcionan como ambientes en los que uno esta inmerso…” (4).


Y no sería loable si esa objetividad fuera algo posible por que: “Toda no-espiritualidad, toda vulgaridad descansa en la incapacidad de oponer resistencia a un estímulo. En muchos casos esa incapacidad es ya enfermedad, decadencia, síntoma de agotamiento. Una aplicación práctica del haber aprendido a ver: en cuanto discente en general, se habrá llegado a ser lento, desconfiado, reacio. A lo nuevo de toda especie se lo dejará acercarse con una calma hostil. El tener abiertas todas las puertas, el servil tenderse-boca-abajo ante todo hecho pequeño, el estar siempre dispuesto a lanzarse de un salto dentro de otros hombres y otras cosas, en suma, la famosa objetividad moderna- decía Nietzsche- postmoderna, decimos nosotros, es mal gusto, es algo no-aristocrático…”(5); o sea pertenece por entero al frenesí de los medios de información en su afán diario por crear noticias y como se deduce de aquí en incitar fofas e inútiles reacciones por nuestra parte: masa banal y narcotizada que cree incidir en lo real porque asome a este programa de TV, diga lo que imagina es su opinión en cualquiera de las radios que utilizan el teléfono como gancho, o cuelgue lo que asume es su corazón en internet.


Pero nuestro propósito no era hacer un análisis exhaustivo de un medio como el de la TV. Otros lo hicieron ya antes con clarividencia- ahí están sus obras- y llegaron a la conclusión de que era un acontecimiento que venia para quedarse y proliferar. Sólo nos proponíamos decir que el momento es propicio para sacar a la venta TVE. Las razones están esbozadas arriba : el llamado servicio público que dice prestar, lo prestan también las demás cadenas con idéntico sarcasmo; la independencia de que se jacta, fácilmente pueden las demás jactarse de ella: forman un mismo sistema de vasos comunicantes donde el elemento líquido es la misma masa social; y por que esos 215.000 de las antiguas pts. de que se nutre bien pudieran emplearse en cosas más urgentes visto el futuro que encaramos. Por ejemplo: en limpiar las costas y lugares del interior de todo ese urbanizaje sobrante (toda esa cantidad de energía derrochada ahí será bendita en años venideros), o en reacondicionar para un nuevo tren- no es indispensable un AVE –la oxidada “Ruta de la Plata”. El ferrocarril, sí señor…; un medio de transporte que retomará el papel estelar que una vez tuvo: cómodo, limpio, sin atascos, que llega al mismo centro de la ciudad, dotado de un carácter firmemente comunitario.


Justo ahora cuando el verano empieza a morir TVE se ha embarcado en una nueva compaña de imagen («el espectáculo es el capital llegado a un grado tal de acumulación que se ha convertido en imagen») (6), con la vana pretensión de justificar su existencia ante su masa de accionistas. Presentadores, corresponsales, locutores, desfilan en la pantalla - pasarela anunciando lo que es sino el último envoltorio kitsch de una empresa moribunda mantenida mediante ventilación asistida. Siguen haciendo acto de fe en su firme carácter independiente y en su irrenunciable compromiso público. No importa que esas dos aspiraciones de su personalidad corporativa hayan sido negadas y envilecidas por los tiempos.


En fin, TVE tras 52 años de andadura murió en el abrazo amargo de la obsolescencia.

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