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Es como para sentir vergüenza (propia o ajena)



Redacción i-bejar.com
Abril 20, 2008

“Todo el que obra mal detesta la luz y la rehúye por miedo a que su conducta quede al descubierto” (Jn 3, 20) - Sañudo pelícano

La Voz de Salamanca (Alfonso Manjón) / Las declaraciones del Papa Benedicto XVI en EEUU sobre la pederastia eclesial vienen a significar principalmente dos cosas: primero, que la Iglesia Católica reconoce públicamente desde su seno que los casos de abuso a menores por parte de sectores eclesiásticos son un hecho, y; segundo, que como es lógico y pese a haberlos ocultado durante mucho tiempo como secreto pontificio, se avergüenza de ellos. De esta forma, entendiendo el precepto de San Juan y condenando la ruindad de tales conductas, tenemos que:

1. Todo abuso sexual a menores, en cuanto hecho delictivo contra el individuo y contra la fe católica, es un crimen a la vez civil y moral. Y en cuanto conducta punible, la pederastia eclesial ha de ser penada civil y religiosamente -si bien, y dependiendo de los convenios de los diferentes países con la Santa Sede, sólo podría enjuiciarse al pederasta por lo civil en caso de que perdiera el estado eclesial-.

2. Ningún abuso sexual a niños puede tener como escudo justificativo de quien delinque carácter moralizante de ningún tipo ni pueden haber sido cometidos “sin malicia” o porque a los mismos niños les dé por “provocar” -que ya es lamentable que algunos se excusen con tales argucias-. Y como reza el Evangelio, la voluntad de Dios es “que viváis como consagrados a él y huyáis de la impureza” (Tes 4, 3 ).

3. Toda vejación carnal cometida a menores -como privación de la libertad humana- ha de conllevar un sentimiento de culpa y arrepentimiento frente a la víctima, pues ésta, habiendo sufrido un trato degradante, puede ver dañada su personalidad y su sociabilidad por trastornos sociales de conducta y trastornos sexuales de cara a la vida adulta. A este respecto Benedicto XVI afirma: “Justamente dais prioridad a las expresiones de compasión y apoyo a las víctimas. Es una responsabilidad que os viene de Dios, como Pastores, la de fajar las heridas causadas por cada violación de la confianza, favorecer la curación, promover la reconciliación y acercaros con afectuosa preocupación a cuantos han sido tan seriamente dañados”.

4. El pecado como concepto religioso lleva consigo un sentimiento de deshonra y vergüenza propia frente a Dios. Porque siendo “la bondad de Dios la que te invita al arrepentimiento” (Rom 2, 4), al privar al prójimo de su libertad individual, vulnerar su dignidad y sus derechos, ante quien se peca en este sentido es ante los ojos de quien todo lo perdona, y en su sentido piadoso de la vida pensará, “¿quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?” (Lc 5, 21).

5. La pederastia eclesial es tomada por la sociedad civil como una actitud condenable a efectos jurídicos, pero también como la negación de la aptitud moralizante del sacerdote que comete el abuso. Porque así como predica la Biblia, podrían recriminar al pastor que viola los preceptos del Evangelio aquello de “Tú que enseñas a otros, ¿por qué no te enseñas a ti mismo?” (Rom 2, 21).

6. El hecho de que salgan a la luz pública numerosos casos de pederastia por parte de curas, reaviva el debate en torno a la conveniencia del celibato. Porque puede interpretarse que gran parte de los casos de abusos que se dan sean debidos a la contención sexual del sacerdote.

7. La confesión pública de sentimiento de vergüenza de Benedicto XVI da una nueva imagen a la política de ocultamiento de los casos de pederastia eclesial por parte de la Iglesia de Roma. Siempre que un clérigo incurría en tales vejaciones, la actitud de la Iglesia era, en primer lugar, procurar que el caso no saliese a la luz pública y, en segundo lugar, aplicar la pena que procediera al infractor -el cual, si bien podía ser privado del oficio de ejercer como pastor de Dios, del cargo que ostentase, y de los derechos, privilegios, facultades, gracias, títulos e insignias; en la práctica, se le llamaba la atención dentro de la diócesis a la que perteneciera, se le trasladaba de parroquia o se le sometía a tratamientos y evaluaciones psicoterapéuticas-. En cambio, y sin cambiar sustancialmente nada, el Papa advierte ahora de cómo estos sacerdotes han “traicionado sus obligaciones y compromisos sacerdotales con semejante comportamiento gravemente inmoral” y cómo se han de “adoptar medidas de recuperación y disciplinares más adecuadas, y promover un ambiente seguro que ofrezca mayor protección a los jóvenes”.

En mi opinión, creo, primero, que los clérigos que incurren en delitos de pederastia deberían someterse a juicio civil y a las sanciones que establece el Código Penal; segundo, que la Santa Sede no debería cubrir las espaldas a quien peca, aunque perdone por caridad; tercero, que es un acto de valentía reconocer públicamente la mala gestión llevada a cabo por la Institución eclesiástica; cuarto, que la Iglesia no puede ser responsable directo de los actos de las personas que evangelizan en su nombre, porque cada cual es responsable a título personal ante quien tiene la última palabra -que es Dios-; quinto, que es difícil dar un voto de confianza a quien no cumple con las buenas obras que predica, aunque todos tenemos derecho a una segunda oportunidad; sexto, que desde la sociedad civil debemos entender también la condición humana de quien dispone su vida al magisterio de Dios -y el que entienda la vida religiosamente, tenga en mente aquello de que “juzgando a otros tú mismo te condenas” (Rom 2,1) y; séptimo, que así como Cristo amaba a los niños por su sencillez y pedía la inocencia de éstos para entrar en el cielo, se cumpla con su palabra y nadie les robe ese bien tan preciado a quienes aún no viven en la adultez y, en su misión evangélica, tomen la infancia -en el precepto “Dejad a los niños venir a mí” (Lc 18, 16) - únicamente como el camino donde enseñar la palabra de Dios.

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