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Crónica de una biblioteca incómoda



Redacción i-bejar.com
Diciembre 30, 2007

Esta reseña no pretende ser más que una breve crítica puntillosa, encogida pero pertinente, al sistema de impedimentos y entorpecimientos que ocasiona la biblioteca de Filología de la Universidad de Salamanca. - Sañudo pelícano

La Voz de Salamanca (Alfonso Manjón) / Como investigador, cada mañana dirijo mi cuerpo a una facultad distinta, a una biblioteca diferente. Pero cada vez que cruzo la puerta que da acceso a la biblioteca de Filología, percibo que estoy en otro cosmos. Y no más grato.

Es verdad que tengo la sensación de que es bastante silenciosa -salvo porque la gente se para a hablar a la entrada-salida a la biblioteca y desde ella se oye todo tan fuerte como desde abajo-, pero es una biblioteca bastante puñetera. Entras, y ya sabiendo que te encaminas a cierta sección de revistas, lo primero que piensas es: ¡Ya tengo que andar pidiendo permiso y llave para bajar a por ellas, con lo cómodo que es no tener que dar explicaciones a nadie de dónde voy o qué consulto como pasa en otras bibliotecas!. Bajas dos pisos a por las revistas que necesitas consultar en unos fondos donde no hay habilitadas mesas ni sala de estudios, y como no te dejan bajar con macuto y sabes que tus brazos no abarcan más de sí, tienes que hacer más de un viajecito para arriba.

Cuando subes a la planta principal, el bibliotecario, además de pedirte el carnet, te dice: “No puedes subir a las salas de lectura con mochila. La tienes que dejar aquí abajo”. Y tú piensas: “No sé dónde ni en qué piso voy a encontrar sitio para sentarme, pero cómo coño me las apaño para subir todos estos libros, el portátil, el atril, los cables, el ratón …”. Total, que te toca hacer varios viajes de nuevo. Y cuando por fin te sientas, y ves que tienes que hacer una fotocopia, bajas a la sala de abajo, dejando tu ordenador a la suerte, y te encuentras que ¡voilà!, sólo tienen fotocopiadoras que funcionan con tarjeta -yo que nunca compré ninguna porque en ellas invertía el cambio del supermercado-. Y menos mal que la tarjeta la puedes comprar en la fotocopiadora de cualquier facultad, porque si nos tenemos que guiar sin preguntar de las indicaciones de la que encontramos en Anaya …-. Y cuando subes arriba de nuevo, te encuentras con que la mujercita bibliotecaria que ha subido a dejar unos libros que debía colocar por devolución de préstamo te dice que tú no puedes entrar con tus propios libros de casa porque esa es sólo una sala de lectura para consultas. Y piensas: “Y, aparte de el hecho de que si esa sala es sólo de consulta y tú puedes de ella tomar libros para préstamo, cómo se piensa esta mujer que yo puedo investigar teniendo que leer unas revistas que no me puedo llevar a casa, y encima no me deja traer las fuentes con que contrasto la información”. Y te das cuenta que todo parece surrealista. Qué creen, ¿Qué me voy a llevar algo?. Para eso esta el sistema de seguridad, ¿no?.

El caso es que a media mañana, advierto que necesito consultar un libro de esos que están en las alturas, y tras mucho buscar, me doy cuenta de que el libro que ando buscando es uno de esos tantos que siempre figuran como “disponibles” por consulta a través de internet pero que siempre están extraviados, vamos, perdidos. Y bajas al bibliotecario, y le comentas la situación, y te dice: “¿Has mirado en las mesas por si lo está consultando alguien?”. Y piensas para ti: “¡Sí, y no es la primera vez ni que me dices tal cosa ni que este libro falte de la biblioteca. Por qué no renovarán las bases de datos cada vez que alguien hace una reclamación tal!”, y al fin, sólo le dices: “¡Quizá estén ahí!- y aún sabiendo que no lo harás, añades-, “Miraré de nuevo”.

Cuando a la mañana siguiente entro a Francisco de Vitoria o a Geografía e Historia, respiro, y pienso: “Bien, aquí no tengo que rendir cuentas a nadie de lo que hago. Volví a la normalidad”.

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