Nuestros castaños

Redacción i-bejar.com
Octubre 30, 2016 - 12:40

En el siglo XVI nuestra ciudad era conocida como «Béjar del Castañar», el mismo apelativo que todavía conservan dos localidades serranas nada distantes: Miranda del Castañar y San Martín del Castañar.

José Muñoz Domínguez / En pleno otoño bejarano vale la pena volver la vista al monte y disfrutar del color cambiante de sus árboles: ¿cuántas veces en la vida podremos contemplar este espectáculo de la Naturaleza?, ¿cuántas calvotadas nos quedan todavía? Más allá de la estética o de los placeres del gusto, también merece este monte nuestro algunas reflexiones que me apetece compartir.

En el siglo XVI nuestra ciudad era conocida como «Béjar del Castañar», el mismo apelativo que todavía conservan dos localidades serranas nada distantes: Miranda del Castañar y San Martín del Castañar. Varios testimonios históricos nos dan idea del vigor de aquellos montes a finales del siglo XV o ya en el siglo siguiente. Antes de 1496, el humanista italiano Lucio Marineo Sículo tuvo ocasión de pasearse por los montes de Béjar y Montemayor durante su etapa como profesor en la Universidad de Salamanca, cuando publicó su obra De Hispaniae laudibus (Burgos, Fadrique de Basilea, 1496). Esa obra tuvo su edición ampliada en De rebus Hispaniae memorabilibus, con traducción al castellano como De las cosas memorables de España (ambas ediciones en Alcalá de Henares, Miguel de Eguía, 1530), entre las que no faltaban referencias a los montes de Béjar y alrededores:

En efecto, cerca de la villa que se llama Montemayor hemos visto un bosque, aparte de otras muchas cosas, en el que la fructífera naturaleza ha hecho brotar robles, castaños, encinas, nogales, avellanos, cerezos, ciruelos, perales, higueras, parras y toda clase de árboles, de una altura y una amplitud enormes.

Y en particular citaba un castaño de gran porte del que incluso proporcionaba datos de campo: «Junto a la villa de Béjar, donde hay un bosque muy ameno, medimos un castaño de aproximadamente cuarenta pies de contorno», es decir, de unos 11,12 m de circunferencia (o bien 3,5 m de diámetro), que he tratado de representar en la figura 1, parecido a esos grandes ejemplares que todavía asombran en los montes de El Cerro, Puerto de Béjar o la Dehesa de Candelario y que acaso ya habrían nacido cuando el autor palermitano escribía sus obras.
Probablemente mayor que el que midió Marineo Sículo pudo ser el castaño mencionado décadas después por otro humanista, Ambrosio de Morales, autor de Las antigüedades de las ciudades de España (Alcalá de Henares, Juan Íñiguez de Lequerica, 1575). Al referirse a los árboles maderables de la zona, decía:

Los castaños y nogales, sin su mucha y buena fruta, sirven también para esto: y en todo aquello de Salamanca y Bejar, donde estan muy léjos los pinos, mucha parte de madera suplen los castaños con vigas muy largas, gruesas y derechas. Y son tan grandes estos árboles por aquellas sierras, que á mi me mostraron en Bejar un castaño, en cuyo hueco vivia un hombre como en choza, y labraba allí de torno vasos de aquella madera.

Pero la información más interesante procede de las Ordenanzas para la conservación del Monte Castañar de la villa de Béjar y para el buen gobierno de ella, corpus de normas locales basado en otras ordenanzas de origen medieval, con adiciones de 1562 y 1568, que fueron promulgadas en el otoño de 1577 por el duque Francisco II (edición por entregas en Béjar en Madrid, 1935, e independiente en Béjar, imprenta de J. Sierra, 1940, ambas a cargo de Juan Muñoz García). En estas Ordenanzas se puede conocer con todo detalle el proceso que seguían nuestros antepasados para la explotación sostenible de sus montes, pues les iba la vida en ello.

También se constatan las diversas utilidades del castaño en la vida de aquellos bejaranos, vigentes en su mayor parte: vigas corporales y cuartones para la construcción de edificios, tablas para muebles, duelas para toneles, varas para banastería y para támbaras, castañas para consumo humano y para el engorde de los puercos en época de «montanera». El castaño era el cerdo de los montes, se aprovechaba todo.

Los documentos de esa época no sólo registran el nombre asociado –«Béjar del Castañar»–, sino que demuestran la importancia que para la economía de la ciudad tenía su «monte ubérrimo» (es expresión de Filiberto Villalobos, de cuando venía a Béjar en los años de la República), pero pronto debió de ser superada por otro bien mayor –las manufacturas laneras del siglo XVIII– y se desgajó el topónimo. El apelativo finalmente fue sustituido por aquello de «ciudad textil» o incluso por el hiperbólico «Mánchester de las Castillas» al que aspiraban los bejaranos del siglo XIX. En cuanto al monte, nuestros políticos de entonces cedieron a la avidez de la alta burguesía local, pleno tras pleno, para vender en grandes lotes aquel monte que había sido comunal durante siglos. Eran tiempos de desamortizaciones y privatizaciones, de nepotismo y política de casino, de imposiciones caciquiles: exactamente como ahora.

Pero los castañares siguen ahí, llenando la vista de un verde profundo en primavera o estallando en el colorido del otoño. En cambio, la industria se ha hundido y con ella el comercio y la prosperidad de la ciudad. Tal vez sea el momento de echarnos al monte y reivindicar esas raíces, de incorporar la explotación sostenible del castaño a nuestra maltrecha economía, antes de que sea demasiado tarde.

Hace tiempo que Antonio Sobral viene advirtiendo de los problemas que aquejan a nuestros castañares: el envejecimiento de sus ejemplares, el avance de plagas como el chancro y la tinta, las prácticas erróneas en su explotación; también ha escrito y divulgado sobre las posibilidades que se abren si se interviene a tiempo en descepar y sustituir el arbolado con pies jóvenes y sanos, sobre las cuentas igualmente saneadas que traería la recolección y transformación de su fruto, la riqueza micológica asociada, el empleo juvenil que tales prácticas podrían generar. Ya hay empresas dedicadas a este sector en El Cerro y en otras localidades, y el propio Antonio se ha embarcado en una iniciativa privada para demostrar que es posible recuperar los castañares e incorporarlos como un recurso más –pero no menor– a los muchos que pueden ayudar a nuestra tierra. A esa iniciativa se suma la propuesta que Izquierda Unida y el Grupo Cultural San Gil han hecho para el bosque de El Bosque, aunque sólo sean unas pocas hectáreas: varias experiencias piloto para que cunda el ejemplo y ganemos todos.

Artículo de opinión de José Muñoz Domínguez