Del "viejo país ineficiente" que versara y asumiera Jaime Gil de Biedma van quedando reductos interiores indispuestos a seguir el ritmo que la competencia impone. Enclaves donde se interpreta la modernidad con las mismas claves y referencias con que se hacía en la medianía del siglo XX, en que el progreso se desvinculaba de la tradicional relación equitativa entre el hombre y la naturaleza y en que sólo se regeneraban del ancestro los mayores endemismo de nuestra condición: la cutrez y la ineptitud.
Uno de esos reductos ensimismados es nuestra ciudad que antes de aceptar su marginal condición peninsular va teniendo destellos europeos con los que cierto olvidado orgullo se nos destapa. La cinta trasportadora más larga de Europa con la que me despierto todos los días radiofónicamente o el más importante museo textil del continente son los responsables de esta vanguardia sorpresiva y tan imperceptible que ocupamos.
Aquel proverbial "fútbol y toros" que durante décadas alivió los sinsabores de una sociedad pacata e ingenua es ahora, versionada por nuestro particular tinte, el "esquí y golf para el pueblo" con el que nos engañamos conscientemente, que es la mayor de las inconsciencias y de las irresponsabilidades.
Pero al vecino que guarda las viejas glorias en el cajón (desmemoriado para las carencias de la hora inmediata pero memorial para los lujos más remotos) el más intrascendente liderazgo europeo -por qué no mundial- le reconvierte el presente crítico en paraíso. Y no le basta para regresar a la realidad la despedida de su descendencia hacia las capitales y aun a los pueblos inferiores que ahora nos mantienen, como la bendición guijuelense que hoy agradecemos tener cerca, ni el desprecio cultural que la Caja de sus ahorros le hace candando su biblioteca, dejándole compuesto y sin libros, ni el "vuelva usted mañana" administrativo y municipal que le espetan a diario, ni la lentitud burocrática, ni el desánimo encorvado y silencioso que ve pasar a diario por sus calles. El vecino que guarda las viejas glorias en el cajón se conforma con que su nieto suba por la cinta trasportadora más larga de Europa antes de que la cinta del exilio económico, aun más larga, le conduzca a Madrid, a Barcelona o a Palma de Mallorca y regrese con los turrones para ver su trabajo y su modo de vida convertido en el museo textil más importante de una Europa que desconoce.
El "viejo país ineficiente" es casi una reliquia de España, una postal folclórica que a fuerza de empeño hemos borrado con la ayuda de las obligaciones y las responsabilidades que el mundo nos ponía. Retos mundiales que la nación asumió durante las décadas de los 80 y 90; sedes expositivas, deportivas y olímpicas que obligaron a una reconversión mental que nos puso a la altura del planeta, para que los poetas se quedasen sin nostalgias y sin rencores patrios.
Pero a la "vieja ciudad ineficiente" que hoy no he querido nombrar nadie le propone eventos ni responsabilidades que la despabilen. Sólo cintas trasportadoras y museos a la orilla del río.