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Verano y Orgullo

Oscar Rivadeneyra

El nuevo alcalde alberga una quimera que más que sueño y relax de noche tranquila parece el resultado de una siesta pesarosa en las inmediaciones del sol de julio: resulta que el nuevo alcalde quiere devolvernos el orgullo antiguo de ser bejaranos, es decir regresarnos a las tinieblas de la historia imposible. Toda apelación nostálgica en esos términos, una vez cogida carrerilla en el siglo XXI, resulta anacrónica tanto en las palabras como en el deseo mismo, y suena a arenga añeja, a bandera enhiesta y a himno interiorizado.  El nuevo alcalde desea reconvertirnos en el prohombre que quizá alguna vez fuimos y encontrar en la entraña más recóndita de sus conciudadanos la emoción de ser de un lugar, esta vez llamado Béjar.

Remueve con ello las peligrosas arenas de los sentimientos pequeño-patrióticos  frente a quienes sencillamente plantean la sensatez y la serenidad ante el hecho inevitable de pertenecer a un sitio sin ningún engreimiento ni afectación alguna. Creo haber hablado en estos mismos renglones sobre el tema en ocasiones precedentes repitiendo siempre que el hecho de ser de un sitio resulta una de las circunstancias más intrascendentales que la vida nos otorga. Entre el ser y el estar me quedo siempre con este último, pues implica actividad y realidad diaria frente al primero, que es puntual y pasivo.  Decía Garcí-mar respecto a ello que "en Béjar se está y por añadidura se es", una bella frase para una bella mentira, pues el orgullo al que nos referimos tiende por naturaleza a restringirse y a hacerse sectario, a reducir el sentimiento de pertenencia a unos cuantos. Pertenecer a una casta tiene más de la casualidad que rige la vida que de la mítica con la que a menudo se adorna todo origen. El bejaranismo, si acaso existió alguna vez, reside más en los hechos que en el tuétano y en la médula, víscera última en donde la facundia suele situarlo.

Cada vez que un político se pretende ganar a las masas recurriendo a la necesidad del orgullo, el público sensato empieza a temblar porque en los puntos suspensivos que suceden a la palabra pronto se escriben engreimiento, vanidad, soberbia, animadversión y resultados menos verbales y más bélicos de la palabra orgullo.

En estas demandas de orgullo el alcalde puede toparse con su propia trampa cuando, tarde o temprano, a alguien le dé por deducir (como a los dos últimos ediles les sucedió) la perversa razón de sus desaciertos: no ser oriundo de Béjar.

La urgencia del discurso, la remanente de la primavera en que lo dijo, provocó esa demanda del orgullo provinciano en sus primeras (y primarias) palabras. Un desliz excesivamente tópico para un hombre condenado a acaudillar orgullos dispares: tanto los sentimientos de pertenencia como los de desarraigo, sensaciones colectivas como solitarias, impulsos de arrogancia como de pudor; todas las consecuencias emotivas que produce el pertenecer a Béjar.

El alcalde gobernará en los asuntos materiales, pero no gestionará los sentimientos, menos aun en una ciudad que sigue siguiendo la letra del tango: "la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser."