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¿Tombe la Negie?

Oscar Rivadeneyra

Venimos convirtiéndonos en la misma Madame García tras los cristales que versara Jesús Izcaray esperando su lluvia de revolución, mientras aguardamos a la nieve como a un rocío milagroso o a un mecenas desprendido de las nubes. Venimos adorando al albo meteoro, al copo de nieve como al copón bendito, igual que se venera a un ídolo contemporáneo: se soportan sus antojos y se tolera que nos defraude tornándose de sólida realidad a fluido aguachurri que moja papeles e ilusiones. Venimos agonizando en la espera cuando el lento caer de las nevadas sobre la vieja chepa de esta montaña entra en demora.

Venimos convirtiéndonos en el público nuevo y expectante de una escenografía de sierra, canchales y simas; cada vez que las nubes abren su telón pesado y nos asomamos a su fondo para certificar la llegada mediocre de diciembre. Dentro del inmenso teatro del mundo hay pequeños escenarios y foros ínfimos donde el día a día se escribe en clave de teatro del absurdo cuando todo un elenco de actores de reparto y de respeto posan "esperando a Godot" con un triste gesto de interrogación: el angustioso designio meteorológico al que los viejos y lígrimos bejaranos han llegado. Como los actores del drama de Beckett no esperan cosa alguna que no sea su propia desesperanza, o su convencimiento de que Godoy, o la nieve, nunca terminaran de llegar.

Ahora el empresariado sale de su despacho para llevarse el pitillo censurado a la boca y para mirar nervioso el cielo a modo de vulgar campesino, y recompra la inagotable superstición astral del calendario zaragozano para ver si desde esas alturas cae el invierno o el infierno.

No encontrando más que la bóveda cóncava de su frustración, sacando a los santos o recurriendo a la conveniente sintonía de Vivaldi como señuelo para nieve. Y si la prosperidad y la ventura se dejan en manos de la arbitrariedad de los fenómenos atmosféricos, es decir de la providencia, de la ecuación o el idilio entre temperatura y humedad que concibe al copo de nieve, entonces habremos retornado al arcaísmo de los refranes  y a la vida supeditada al dictamen del cielo. Seremos labriegos en su tensa espera de la lluvia, vendimiadores ahuyentando el pedrisco, simples villanos que aguardan el fin de la sequía, o maldicen la helada tardía con su sordo torturar a las cosechas.

Y habremos regresado al tiempo de las infancias desempañando los cristales de la galería en la mañana para comprobar si el blanco capricho se ha descolgado por laderas y bosques; seremos Heidis más que empresarios, pueriles veedores de las nubes más que emprendedores. Y no será porque el caer apaciguado y sedoso de la nieve pueda inclinarnos a las más bellas concesiones poéticas sino porque alguien ha apostado sus cuartos al juego de azar que se debate en la atmósfera, esperando que la consabida y metafórica lluvia de millones se torne en nevada de billetes.

Sí. Caerá la nieve, "tombe la neige" a ritmo de Adamo, pero también lo hará la precipitación más duradera del polvo que silenciosamente cubre e identifica a las ruinas. Diluvio de polvo; nieves y ruinas perpetuas.