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Oscar Rivadeneyra

Aquel mágico receptor que, posado sobre la encimera de las abuelas, emitía partes de guerra terminada, radionovelas, pirenaicas clandestinidades y tangos, es hoy el refugio de ese viejo tipo ibérico llamado tertuliano; que a fuerza de proliferar y democratizarse ha entrado confundido en la multitud de su decadencia.

Herederos bastardos de Septimio Florencio Tertuliano, han salido de la Academia primero, de la Coupolle parisina después, y de los cafés castizos de "La Colmena" o del mismísimo Novelty charro más tarde, para dar con sus voces en la radiofonía, otorgando pública notoriedad a lo que siempre fue la privativa e inaccesible conversación de los intelectuales.

Torrente Ballester en Salamanca, Umbral en Madrid, Borges en Buenos Aires; los tertulianos nunca habían necesitado, como ahora, de más micrófonos que su propia voz entregada a razones y discernimientos, y a la espera de la réplica más endeble para armarse de retóricas y agriar el café del replicante: alguacil alguacilado. No era necesario otro público en las terrazas tertulianas que no fuera ellos mismos en recíproco recitar y escuchar. Toda esa soltura sin inhibiciones, todas esas bocas desatadas en un cordel interminable de deducciones y palabras, ha desaparecido con la incorporación inquietante del micrófono sobre el velador, que es como un tertuliano nuevo y repentino que enmudece a los demás, les llena de pudor y sujeta sus lenguas.

Puesto que ya no podemos contar con Unamuno, con Ortega o con Azaña; puesto que los hombres de peso y pensamiento nos van abandonando o lacran hoy sus labios en silencio; puesto que se van contando con los dedos los locales propicios a la conversación relajada, para este oficio no remunerado de protagonizar tertulias se escoge ahora al hombre de la calle, con su popularidad vecinal intrascendente, y se acantonan sus diálogos en las emisoras de radio.

Varios de los viejos fundadores de la llamada "Tertulia Literaria Bejarana", ya ancianos, pero felizmente sanos, escucharán en sus maitines los diferentes esquejes a los que ha dado lugar, hoy, su pasión antigua por el coloquio y el parlamento, que era deudora del ateneísmo, del dominó, la partida y las pasiones políticas; y que debía ejercitarse no sólo con pensamientos que exponer sino con corbata preceptiva y sobrero que lucir.

Desde los palcos más altos de los antiguos teatros de España, donde originariamente se situaba el espacio llamado "tertulia", la conversación ha atravesado paredes y vicisitudes para llegar, ahora, a las tres emisoras locales que se afanan en el descubrimiento de nuevas vocaciones tertulianas, ya no como servicio al pensamiento sino como buzón de quejas y particularismos de barrio para gozo del poco exigente auditorio de las mañanas; no como estética del hablador sino como parlante radio en la que se da la voz, mas no la cara. El recurso de las tertulias actuales apenas sobrepasa la categoría de plática de barra (nostalgia por Tita "Bola", Cañanda, Garci-mar) y raras veces crea polémicas, desencuentro de caracteres o choque de ideas, desarrollándose en una balsa de aceite de fáciles consensos (este articulista, como tertuliano accidental que es, tiene parte de culpa).  Las verdaderas discrepancias siempre se reservan para el micrófono cerrado, para el saludo perdido o para la envidia, que suele ser más silenciosa y discreta. En el interludio entre tertulia y tertulia es cuando se relatan las verdades del barquero, es donde se lanzan los trastos y los exabruptos a la cara, donde los tertulianos pierden esa cortesía política y pública que nos tiene amordazada la opinión.

Igual que Jaime Gil de Biedma ensayaba una escritura que no difiriera del lenguaje hablado -escribir igual que se habla-, el reto ahora es hablar igual que se piensa.