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Tentaciones de Bandera y Pancarta

Oscar Rivadeneyra

En la reafirmación patriótica y constitucional que ocupa a los dirigentes de nuestros pueblos (sólo comparable en oportunismo a las ansias separatistas y nacionalistas de otros) hay que situar la colocación de una bandera de España, notable en dimensiones, en la más céntrica plaza de Guijuelo.

Se ignora si el resto de localidades de la comarca, satélites hoy de su furor industrial, incluida Béjar, tendrán a bien emular  este homenaje sobredimensionado a la insignia española, que no por enorme va a convencer a los escépticos del patriotismo, como el gritar más alto tampoco da razones frente a quienes prefieren la voz queda para debatir. Esta hipérbole rojigualda en mitad de la sede más jamonera e ibérica del país denota hasta qué punto confluyen los complejos y los alardes sexuales con los de tinte patriótico cuando en ambos parece que definitivamente sí importa el tamaño.

Tiene la versión más cañí de la españolidad mucho de testicular exhibición, de machismo irreprimible donde los atributos del toro, los galones de los generales y el tricornio de la Benemérita configuran una misma trilogía de identidad nacional que todavía desvirtúa o limita la percepción que de nuestro país se tiene en Europa.

Cuando se hace necesario levantar estandartes, es que hay una duda, o un miedo al menos a dudar de la identidad nacional, y qué mejores paños para borrarlos del pensamiento que los de la bandera, el escudo y demás parafernalia identificativa. Sucede que cuando la patria o el patriotismo pululan por nuestro pensamiento no son el sentido comunitario, los deberes y obligaciones, la solidaridad colectiva o la seguridad que el Estado nos otorga lo que solemos pensar, no. Sino que lo que nos evocarán esas patrias y esos patriotismos serán las imágenes de un desfile militar, las frases elocuentes y castrenses, tal vez el rostro aguerrido de la furia española futbolera o un banderolo de la talla del guijuelense. Son los más fervorosos seguidores de la identidad española y de los conceptos patrióticos, que deberían estar velando por la seriedad y trascendencia de ellos, los que, muy al contrario, están haciendo de sus símbolos una frívola escenografía de lo ibérico.

Si no las banderas sí las pancartas, vuelven a enfocarnos sus mensajes, como la que me dicen se cuelga y descuelga de la entrada de Candelario y que exige la ampliación de una estación de esquí. Sea bandera o pancarta, la tela es en definitiva, el soporte más directo y legible de nuestra comunicación. Y todo en plena era internaútica. Quien pinta los colores de 
una bandera o escribe consignas en pancarta es consciente de la trascendencia y de los numerosos receptores que logrará su mensaje, mientras quienes lo hacemos en el formato virtual del ordenador asumimos hablar en plática minoritaria.

La historia del momento se escribe en pancartas, y a ellas acudirán, más que a los libros y a los registros, los historiadores futuros cuando emprendan la tarea ardua de entendernos. Y entendernos es comprender que hoy todo el que tiene país tendrá una bandera tras la que refugiarse, el que tiene reivindicaciones una pancarta para colocar sobre nuestros hombros, y al que ha perdido las esperanzas sólo le queda ponerse a la cola del despacho ministerial más cercano.