Las vocaciones políticas, como las sacerdotales, viven una crisis numérica que sale a la luz cada vez que cada cuatro años vuelve a sonar el timbre electoral. Los prelados políticos tampoco saben llenar sus parroquias, es decir tocar las sensibilidades del vecindario a través de sus mítines con devoción y silencios de homilía.
Entretenidos en más altas ambiciones jerárquicas descuidan las bases locales y, cuando el municipio llama a zafarrancho de elecciones, las filas de los partidos demuestran su menguada filiación y su escaso compromiso como si de un ejército de desilusiones se tratara. Entonces, con la misma falta de pudor que los más activos militantes de las sectas, comienza la labor de los ojeadores que, con equivalente escasez de recato que aquellos, buscan llamar a las puertas más propicias. Con tal indiscreción enarbolan sus aldabas e interrumpen a golpe de timbre o de politono de teléfono móvil, el cotidiano y descomprometido discurrir diario de la mayoría de los ciudadanos.
Uno quisiera, en estos preámbulos concejiles y alcaldables, ignorar la vela de armas con que cruzan el invierno todos los candidatos y habitar el margen de las páginas que la ciudad va escribiendo. Descreído ya de esta democracia treintañera que es punzada y ofendida desde los despachos más recoletos de cada municipio, escéptico de la municipalidad y sólo crédulo de los fracasos que la comarca va acumulando en sus alforjas, busco los espacios libres de la tentación política, las estancias donde los sabuesos de cada partido no lleguen con su cartera de promesas y sueños.
Buscan los políticos, cada vez más, tirar los tejos al ciudadano de a pie para llevarle al huerto de sus perturbaciones y convertirle en el número exacto que cierre sus listas electorales, áridas y desangeladas; convertirle en la matemática sobre la que alcen las primeras escalas de su poder.
El llamamiento personal al compromiso político en una ciudad como Béjar no es más que una invitación irresponsable a cruzar los umbrales del infierno para arbitrar en él el perpetuo enfrentamiento en que se ha ido convirtiendo. Llaman nuestros políticos caseros poder o potestad local a lo que no es más que alguacilía; y con tan escasa prebenda nos quieren seducir.
Uno creía, personalmente, haber redactado en el rostro una indiferencia y un reniego a todos los partidos habidos y por haber, pero ni con esas ha quedado libre de las proposiciones de honestidad dudosa con que el preelectoralismo municipal señala y estigmatiza al personal. Es tiempo de amistades procuradas, de guiños y complicidades, de acercamiento e intereses que en otras épocas serían ignorancia. Sorprende el prejuicio con que los políticos locales presuponen tu afinidad hacia ellos o hacia su partido, sorprende la sorpresa con que una negación es recibida.
Béjar está lleno, en término electorales, de apasionadas devociones y pocas vocaciones, de políticos neoprofesionales que cayeron presos de la ingenuidad creyendo que su actividad pública reconfortaría sus ansias de ayuda a la comunidad; de políticos-poetas frustrados y marcados por su militancia. Béjar está lleno, estos días, de ciudadanos convencionales -como el que esto firma- sometidos a la tentación deshonrosa de formar parte de una lista electoral. Una tentación llamada manzana podrida que nos exiliaría, de probarla, de nuestros paraísos personales.
No.