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Los Tejos Mueren de Pie

Oscar Rivadeneyra

Pocas cosas más dramáticas que el estoicismo con que los árboles se entregan a su agonía. Los árboles mueren de pie mientras que a la sombra de su tiempo y de sus años fenecen los hombres postrados. La muerte de un árbol suele pasar desapercibida en este mar verde, en esta muchedumbre vegetal en donde vivimos, como la muerte de un solo hombre parece insignificante en la inmensidad de una guerra. Lo que ocurre es que, entre árboles, como entre hombres, siempre hubo jerarquías, y así, alguna desaparición de algún árbol emblemático tiene categoría de magnicidio.

Cuando hace varias décadas la restauración de las murallas bejaranas terminó con la encina que crecía en lo alto de una de sus torres, desapareció por orden (o por desorden patrimonial) el símbolo de un árbol desplazado de su cotidiano ras de suelo hasta las aéreas piedras medievales en donde había enraizado. Pocos fueron los que pusieron ante ello el grito en el cielo, en el mismo cielo en que señoreaba aquel árbol.

Año a año, siglo a siglo, el paseante de los bosques, el conocedor de las entrañas montanas que toda generación ha dado en Béjar, ha tenido oportunidad de seguir las lentas muertes de los gigantes arbóreos. Castaños centenarios, impertérritos mientras la parca les iba quemando las raíces, robles colosos llorando silenciosos su propia muerte con lágrimas de sabia y resina; árboles, héroes de los siglos, vencidos por la imprudencia o la intención del fuego.

Hoy esa muerte parece estar llegando sin remisión a uno de los ejemplares más longevos del histórico jardín de "El Bosque". EL tejo de la Fuente de la Sábana va dando muestras durante este verano de estar rindiéndose al final de su vida. De su poderoso color verde oscuro, de su frondosidad, no podía esperarse esta repentina rendición que coincide (¿azar o causa?) con el adecentamiento y las obras de restauración del conjunto renacentista, como si los remedios que sirvieran para las piedras y las arquitecturas resultaran inútiles para las más exquisitas necesidades de la biología, como si los barnices con los que se disimulan los años de los monumentos no sirvieran con los árboles. Cuando un árbol (pongamos este tejo) da síntomas de la cercanía de su fin, éste se evidencia sin paliativos y se muestra con un escenario de tintes macabros, una venganza del tiempo hacia un árbol legendariamente venenoso como es el tejo, hacia sus leyendas cargadas de maldición y llenas de encanto antiguo.

Este tejo y su partenaire: la Fuente de la Sábana, configuran un idilio que se remonta al Renacimiento y alarga sus amores hasta hoy. Eran una pareja asimétrica entre fuente y árbol, entre frutos y agua, que ahora parece abocada a desparecer condenando a la fuente a vestir el definitivo luto de su viudedad. Y si los hombres se llevan a la tumba sabidurías inéditas, recuerdos únicos e intransferibles, qué decir de los árboles atados a la tierra y obligados a mirar desde sus atalayas el lento discurrir de los días, acumulándose en años; el de los años, reuniéndose en siglos. El tejo de la Fuente de la Sábana es el verdadero libro de la historia de Béjar, con hojas que son ojos, con páginas que destilan clorofila y sabiduría. El tejo ha reunido en su sombra a duques floreados y a burgueses de pañuelo en solapa; bajo su cobijo aguadores, jardineros, judíos y cristianos, amantes del arte y amantes del hedonismo. A la vera del árbol los plebeyos se han rebelado y han encontrado solaz y sosiego los señores y los bohemios. El tejo fue renacentista, fue rococó y borbónico, fue romántico de versos de cuando a sus ramas volvían las oscuras golondrinas, fue modernista y rubeniano porque alguna princesa estuvo triste y lloró en su corteza arrugada.

El tejo de El Bosque fue vanguardista, capricho de biólogos, vacilación de historiadores, obsesión de jardineros, incertidumbre de jardineros. El tejo fue todo ello sin dejar de ser él mismo; vio pasar nuestra historia sin atisbos de pasión por más que fuera la guerra estridente lo que ocurriera o el discurrir de un crepúsculo.

Queremos seguir viendo al viejo tejo para que dé fe de todas nuestras vidas cuando éstas no alcancen a perdurar. Queremos seguir sintiéndonos nietos de este abuelo arbóreo, que sea su sombra de leyenda nuestro predio de recreo.