"Sierra de Béjar frías, no me mostréis las frentes de nieve que el sol convierte en fuentes" - Lope de Vega -
La matemática es la lírica de la exactitud en donde las cifras guerrean para buscar adeptos a causas en extinción. Un pueblo posado muellemente en las faldas de su sierra; unas faldas con impunidad levantadas por los mismos dedos que cuentan ágiles el lucro billetaje. Candelario, para más señas, dividido en dos, como un Jano mirando a la vertiente del ayer, de aldabas y troqueles, o hacia la del mañana anglosajón de pisters, for-fait y telebabys. Las manos más ligeras van contando número de firmas, número de empresas, número de kilómetros esquiables, número de especies endémicas, números exactos o indefinidos de turistas posados por arte de azar en este páramo de quejidos y deseos.
El tiempo ya se encargó de contar las candelas luminarias del piorno, las cabezas de ganado en el agostadero, los quince valles glaciares, los siete veneros, las tres lagunas y las seis vidas y media del gato montés; llamando a cada cosa por su número y a cada número por su nombre en la única montaña que nos queda, supervisora hoy de nuestras noches, nuestras albas y nuestras cuentas.
La vecindad apunta con dígito de inquisición a las opiniones discrepantes; mientras numera el pelo e la dehesa que les crece cuenta las rúbricas propicias como muescas de una batalla que no encuentra en los altares de su montaña ni Dios, ni pagano arrobo, sino las razones de su enfrentamiento. Versión de Caín y Abel en la Sierra de Candelario como "dos hermanitos" enfrentados en fraternal odio.
Con perfil de señora voluptuosa la tierra-madre que nos tocó espera la confrontación de su prole y apela a guerras civiles menos civilizadas:
El esquiador yergue sus armas y poder adquisitivo mientras el amante de los ensueños de naturaleza sólo espera de ésta que le siga meciendo en su cuna de valles y soledades. La arribada del otoño llama a nuestra nuca con humedad de gotas errantes y de números centígrados, y llena las expectativas empresariales cuando el albo meteoro se desprende, octubre caminando. Antes, un puñado de voluntarios cuenta el número exacto de bolsas de basura sacadas al verano serrano y dominguero, que es proporcional, en ineptitud, a la propensión humana de ensuciar el monte. Vana pretensión la de querer entender por qué, tras milenios de pulsos y abrazos, los hombres no han encontrado su sitio entre las montañas, ni la naturaleza su espacio entre los hombres.
El pasado nos sale al paso, las cuentas y los números no salen, las palabras se agotan entre un millar de razones, los bosques desprenden un efluvio de queja y comienza el ejercicio de añoranza por lo irreversible. En un rincón de la polémica los grandes ojos del cárabo, la gota errante y fluyente de las cascadas o la entraña privada del feldespato (sólo expuesta a un talentoso quiebro de escultor) esperan a que la burocracia lejana y administrativa desvele las claves de su futuro: indultando a nuestro Arca de Noe o negociando su mejor morir. La montaña amenaza con su dientes de sierra ("gigantes de cristal" para Góngora, "buena sombra de cobijo" para Cervantes, "Sierra de Béjar frías" para Lope) y se prepara para ser injuriada de palabra y obra, afanándose en recordar el feliz tiempo en que Candelario era un souvenir dentro de una bola de cristal, donde, al girarla, volvía siempre a caer la misma vieja nieve.