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Si hubiéramos sabido que la política era esto ...

Oscar Rivadeneyra

Mi generación, que vistió pañales y atenciones maternas cuando Franco gastaba electrodos y tubos de drenaje, creyó por ello vivir mejor con él; pero prudentemente, y como avisa el dicho, no hizo nada por regresar al lugar donde fue feliz.

Debió haber un tiempo, antes de que naciéramos y de que nacieran los partidos políticos, en que los pensamientos partidistas se entendían como extravagantes e innecesarios: una manera horizontal de entender el mundo frente a la sindical verticalidad impuesta y a la jerarquía acérrima que hacía el trabajo por nosotros, dejando al ciudadano la mera labor de vivir y dejar vivir.

Como resulta que nacimos, y que trajimos bajo el brazo una alforja de siglas, de símbolos y de clanes ideológicos; descubrimos de repente que un país poliédrico y mucho más heterogéneo de lo supuesto subyacía bajo el pensamiento común: los partidos políticos salieron del armario de décadas; como de la alcoba, la cueva o el desván salieron al tiempo momias de maquis y topos.

Tras una primera impresión al reconocernos a nosotros mismos en tal alarde de diferencias y pluralidades, el país fue adscribiéndose rápidamente a esa dualidad derecha-izquierda que fue un regreso al dogmatismo y al doble pensamiento único, y que, como toda antítesis, guarda una trampa de atracción entre los opuestos, y de perversión.

La derecha y la izquierda no fueron en la historia más que los dos lados de una mesa revolucionaria y francesa que quisieron después buscarse diferencias donde no las había. Para una nación como la nuestra, con ansias de enfrentamiento, supuso las dos versiones de España que desde Machado pugnaban por helarnos el corazón (o infartárnoslo).

Ahora no son más que nuestras dos manos en un mismo cuerpo, alzadas en puño cerrado o en palma extendida, y cerciorándose de que lo que haga tu mano izquierda no lo sepa nunca la derecha. Dos hemisferios, en definitiva, confundidos en la anatomía diaria del país, de la comunidad o del pueblo.

El zoom nos conduce siempre al pueblo:
Aquí, donde todas las nacionales inclinaciones se codean y se cocean, incapaces como somos, en él, de ejercer una tendencia de independencia (¿dónde quedan los viejos cantonalismos?) que ha terminado por convertirnos en una versión constreñida de los males hispanos. Si no es fácil sostener la filiación o la afiliación entre las cuatro paredes de una localidad, la dictadura del bipartidismo -el pensamiento partido- hace aun más complejo de sobrellevar la desafiliación por la que muchos están optando: que es ni más ni menos que el hachazo definitivo a esta serpiente bicefálica en que la política se ha simplificado. Carecer de afiliación o renegar de las dos opciones de obligado seguimiento, no supone carecer de opinión o de capacidad para discernir críticamente  los problemas del día a día en un ámbito tan localista como el de Béjar. Más bien es esa facultad la que lleva al crítico verdadero a desvincularse de esta lucha caduca de partidos políticos (tan cercanos entre sí como inmediatos son en esta ciudad todos los barrios y todos los extremos) para restaurar la convivencia perdida y rescatar las relaciones sociales exentas de cualquiera de los prejuicios con que la política las ha cubierto.

Por mi amistad con periodistas, siempre sometidos a la sospecha de la parcialidad, y por la dificultad de muchos profesionales de exhibir sin miedo filiaciones o, en su defecto, la carencia de ellas es fácil denotar y concluir en el flaco favor que esta versión de hacer política (sigue conociéndose como la menos mala) está haciéndonos. Lamentable conclusión si desde la ilusión perdida por la democracia se mira.

O será, sencillamente que carecemos de remedio, y que nuestra grandeza, tantas veces aireada,  radique en que hasta en lo malo somos grandes.