Ni nuestra educación, todavía cándida deudora del "Florido Pensil" primero, y pasada por la cinematografía obligada del wester americano después, ni nuestra correcta propensión a la justicia nos han hecho reprimir este inconfesable gusto por los malos que domina la actualidad, y cuyo icono y estética, los de la bellaquería y la perversión, triunfan y van
haciéndosenos referentes de vida.
La bondad, resolviendo el dilema de Buñuel, no ha sido santificadora ni redentora, sino estúpida, y en el largometraje inacabable de nuestras biografías van ganando los malos gracias al morbo y rebelándose contra los guiones establecidos. Como Mae West: cuando somos malos somos mucho mejores.
Desde Risto Mejide a Bin Laden, desde Bush a Sadam, la necesidad del triunfo del malo ha ido sustituyendo a aquel inocente seguidismo al héroe bueno a través de tantas hojas de comics, de tantas horas de películas en busca de un halagador final. El mundo se ha desmarcado de romanticismos, de bellas heroínas y dirigentes virtuosos, por eso alimentamos secretamente nuestra admiración hacia los líderes del otro lado, no tanto para
confirmarnos a nosotros en el contrario e hipócrita lugar de los bienaventurados (léase, por Dios, Occidente) sino para saciar el morbo moderno y mediático por lo canallesco. Pertenecer al Primer Mundo, convencido de ser el garante de los valores eternos, nos concede el privilegio de vivir para el ocio, jugar a veces con el fuego controlado del arte para darnos de bruces un 11 de septiembre con la mayor Perfomance de la historia y convencernos en silencio de que toda maldad superlativa lleva una carga truculenta de belleza.
Y el país, España, que va corriendo precipitadamente hacia su progreso, entendió con rapidez que la democracia estrenada (el nuevo cristianismo laico de nuestro tiempo) podía ir prescindiendo de gentiles y cabales políticos que el propio sistema fagocitó o desmemorió -Suárez desde su limbo- y dejando paso a vengadores de rostro impenetrable y cicatriz de rencor, para superar la vieja beatitud de una España de sacristía y refectorios. Triunfaron Arzallus, Guerras, Robiras; y el siglo XXI descubrió a Zapatero y Rajoy peinando su bondad en la trastienda oculta de la opinión pública para dejar a la doble España de la
maledicencia debatirse en duelo de Pepe Blanco y Zaplana. Y escuchamos insaciablemente a Jiménez Losantos, no por afinidad ideológica pues el mal no es cuestión de pensamiento ni exclusividad de ningún credo, sino porque el insulto nos seduce como una mujer fatal.
Y en el pueblo, Béjar, poco avispado aun en su capacidad de interpretar la naturaleza maligna de los tiempos, andamos flojos de malos oficiales y respetados; ni siquiera pueden lucir con orgullo de perversión esa marca los habituales pretendientes: miembros de la oposición, el rojerío o los ecologistas. Ningún Torquemada en el suelo local. Gobernantes y rivales, derechas e izquierdas, conservadores o conservacionistas nos siguen mostrando, defraudándonos, sus caras amables, y ninguna intención esconden más que las buenas. Decepcionante y vulgar. Necesitamos ponernos a la altura de las exigencias del consumidor. Necesitamos una maldad verdadera; un rostro para ser odiado con veneración.