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San Martín sin capa

Oscar Rivadeneyra

Tal vez hace años los primeros relentes de noviembre amotinaran de elegancia y embozo la Calle Mayor, y el peatón de otro tiempo, sometido a justicias gélidas más verdaderas que las de ahora, se convirtiera por necesidad en la figura del capista. Tendría mayor presencia entre las muchedumbres y haría honor, la prenda, al tópico que viene acunándola entre estas máquinas y la hace fruto maestro de nuestros sastres y alfayates.

Otros Sanmartines más dados al abrigo y otras perchas más solemnes serían las ideales  para soportar el negro capote español como un descanso telar que ocultara la espada y la muerte bajo su paño; como una moda que convirtiera las grises calles del otoño en motines donde Squilache no fuera otro ministro que el del malévolo paso del tiempo, donde cada bejarano envolviera tras la gola su cara y su verdad. La capa era el link romántico tras el cual se hacían la guerra y el amor en el siglo XIX, un antifaz de cuerpo entero que después de aislar las anatomías caballerescas se tendía en el armario como un fantasma despojado, con olores a tabaco de pipa, santidad y alcanfor.

La categoría vestimental del casticismo había creado este artefacto juntando la eterna muleta torera, el hábito del Conde Drácula, el broche del campo charro y el apresto bejarano con el terciopelo bermellón de las cenefas: es decir una colección de geografías y materiales, toda una mezcla antinatura que terminó por desacreditarse cuando Luis Eduardo Aute la eligió como ropa y excusa de su pregón de fiestas. La capa riñe ahora con el siglo XXI y es tan relicta su presencia que una efeméride (San Martín) se encarga de recordarnos que existe. La prenda se pelea estéticamente con las calles y con los talles de Béjar que ya no es ni la escenografía ni el decorado solemne propicio para pañosas y sombreros, que carece hoy de actores capaces de situarse  a la altura, a la nobleza o a la gracia que requiere la indumentaria.

Como el hábito no hace al monje, la capa tampoco hace al noble ni al hidalgo sino que nos remite, en nuestra educación sentimental de tebeo y relato de aventuras, a los lejanos superhéroes que la portaron, comenzando en la pintura barroca por Alatriste, Quevedo y los caballeros de Rembrandt y terminando en el Capitán América, Batman y Superman festoneando su prenda por las dependencias aéreas donde reinaban.

La capa es el contrasentido más pretencioso que todavía luce y cubre de sorpresas ciertas esquinas bejaranas como relicaria de valores que ya no existen, o se van quedando en un recuerdo meramente novelesco, a no ser que los espectros de Don Arsenio o de Don Juan Muñoz se yergan con su raída toga de paño y osen tomar de nuevo unas calles irreconocibles. El largo vuelo de la prenda y su opaca presencia se encargan a día de hoy de cubrir el incierto pudor y la vergüenza íntima en la que poco a poco  va trasformándose un orgullo añejo en fase de extinción.

No son buenos tiempos para este particular atuendo si la verdadera elegancia ya no se porta en las entrañas. No es el cese preconizado del frío el que nos impide poner la castiza (¿casta?) vestimenta sino el escrúpulo de no merecerla.