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Religión y Ciclismo

Oscar Rivadeneyra

La primera mitad de septiembre supone, antes que un conjunto de regresos y retomes laborales, días para tomarle el pulso a nuestro termómetro religioso después del paganismo ocioso y verbenil de los meses de verano. Es incierto que las sociedades se hayan trasformado en descreídas y el laicismo gane terreno; la teología comienza justo donde termina y alcanza a llegar la ciencia, que aun no ha demostrado la no existencia de Dios.

Lo que sucede es que el concepto de las creencias se ha  adaptado a los tiempos y el de las devociones a lo que demandamos ahora. Después de años de exhibición, la religión se interioriza y regresa a la intimidad salvo en puntuales casos como los que septiembre nos depara. Siempre en este mes hay que asirse a las creencias y al mito para sobrellevar la dimensión del regreso; unos esperan las aulas y otros la oficina o el tajo, que no son más que una extensión en la vida de las aulas sin cambio ya de curso ni de clase.

El mito puede ir sobre andas o sobre ruedas, puede circunvalar la plaza de los Tilos o dar la vuelta a España. El mito puede estar esculpido en la madera del abuelo de los castaños o esculpirse a diario en entrenamientos de carretera.  En Béjar sólo se cree en la Virgen y en Roberto Heras.

Hubo diosecillos a los que dimos nuestra genuflexión: al patrón de la fábrica o al aristócrata del feudo, creímos en la resurrección del textil pero al tercer día la losa de sus tumbas seguía cerrada y las llagas en el costado inertes. Este ateísmo nos ha hecho regresar a las fes de siempre, viejas o modernas, de iglesia o ruta, aunque a veces la patrona del Castañar no escuche del todo nuestras plegarias y el patrón de la Vuelta defraude las expectativas.

Creemos en lo estático y en lo dinámico: en la impertérrita mirada de una virgen estatuaria en el altar y en la velocidad de un ciclista local que nos saluda desde el podium, necesitamos altares y podiums para sentirnos agradablemente inferiores al ídolo que porta mantones de brocado o maillots amarillos.

Cumplir fielmente la "novena" nos exige año tras año una disciplina semejante a la de acudir puntuales a las retrasmisiones televisivas de la Vuelta, y es que hay una necesidad irreprimible de peregrinar religiosamente aunque sea a sedes tan cercanas como El Castañar o el cuarto del televisor.

Dicen que antiguamente no se concebía la erección de una iglesia o de una ermita si no era con el acompañamiento cercano de una plaza de toros pues las liturgias eclesial y taurina eran una sola y todo lo que se oficiaba religiosamente por las mañanas se regaba paganamente por las tardes. Poco o  nada han cambiado las cosas, en todo caso las vueltas al ruedo son hoy más vueltas a España con pedales de suplicio. Que la Virgen de momento no parece sustituible.