El más laureado de los poetas bejaranos de hoy, en una profunda semblanza sobre el, también, más laureado artista plástico, habló de "clasicismo exacerbado" y de "clase absolutamente endogámica que ha permanecido inalterable hasta la actualidad" para referirse a la burguesía de fabricantes textiles, que en la discreción despolitizada de su poder fáctico ha extendido la alargada sombra del árbol feudal hasta nuestros días.
Bajo la umbría de sus ramas ha permanecido detenido el tiempo, secuestrado el costumbrismo de la ciudad por los servilismos y la urbanidad lanera. Su solvente influencia, amarrada al paso de las generaciones, se renueva en el candelero bejarano cada vez que los estertores de la crisis jadean nuevas agonías. Otoño es una buena estación para que claudiquen las fábricas porque la Virgen ya ha repartido indulgencias, aupada sobre la soberanía de los fabricantes.
Y vamos dejando a un lado esa esquizofrenia laboral de trabajos perdidos, manos desocupadas y fines de meses imposibles: esa realidad que cada cierre de las factorías industriales provoca. Y acabamos mirando a la clase patronal por donde las edades no pasan, ni las crisis (palabra eminentemente proletaria y política), aislada conscientemente en las bancadas privadas de las iglesias o en los paradisíacos palcos de los teatros.
Son menos mundanas sus crisis, menos numéricas y pragmáticas. Porque el oficio constante de burgués tiene prioridades que la razón de la clase media no entiende, y que van mucho más allá de la perduración de las grandes osamentas del textil en el tiempo, primero, y en el espacio, después. La crisis introspectiva de la élite tradicional bejarana (a menudo oculta detrás del Lacoste y de la Vigilia del Castañar) lleva años dirimiéndose entre el fingimiento de la ostentación o el disimulo de la ruina; no acosada por más horizonte que el de la usurpación de sus privilegios y sus bulas por la insolencia agnóstica de los "nuevos ricos".
No hay más incierto futuro que el del fin de las tradiciones (el café en el Colón, la sobremesa con ABC, el blindaje de la hacienda, la puesta de sol entre castañas y crónicas.), que el del naufragio de la reserva espiritual, que se suponen, de este minúsculo occidente; o la claudicación de sus estirpes, desdibujadas en un panorama -aun utópico- de igualdades sociales.
La vida del día a día, las cuentas, los sueldos, no son más que frivolidades que no han de concernirles. Extirpados los fantasmas del comunismo y asimilada la ferocidad menor de los sindicatos, la burguesía textil de hoy y de siempre sólo teme devorarse a sí misma redundando en su propia metáfora. La tradicional ausencia de apareamientos entre la clase alta y la baja (que el poeta barbudo señalaba) no sólo ha dejado ciertas líbidos insatisfechas sino que no ha permitido desaristocratizar las costumbres y los ademanes de aquella clase, detenida en sus refinamientos y acantonada aun en bares propicios y consanguíneos. La carencia de retoños aviesos que contradijeran las doctrinas de sus antepasados, ha congelado las efigies de los grandes patronos y los oxigenados peinados de sus damas mirando zozobrar a sus naves con un gesto de, todavía, bello decadentismo.
Empiezan a oxidarse las hojas de los tilos en el jardín duradero del empresario, al mismo tiempo que lo hacen los pies de barro del telar. La burguesía musita su oración mariana: "protege nuestras familias, nuestras industrias y nuestras tierras, pues hijos tuyos somos, clemente, piadosa y dulce Virgen María".