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Oscar Rivadeneyra

La multiplicación de las opciones radiofónicas en la actual diversidad denota el saneamiento del espectador, la buena salud de los consumidores del entretenimiento y la información, frente a quienes los suponen sumisos a la ordinariez de ciertas televisiones. La radio jugó siempre con la desventaja -favorecedora últimamente- de no contar con el arma perversa de la imagen; y así, mucho menos que mil palabras le están valiendo para competir con ella.

La radio pudo ser otra caja tonta, un estúpido electrodoméstico que soltara letanías y soflamas o que cediera su espacio sonoro a la tarea de vulgarizar al oyente; pero su inferioridad de condiciones la ha hecho manejar con sutileza su armas: que son pura seducción al oído, placentera comedura de oreja, frente al mundo de la imagen: fácil atracción y  violación de los ojos con frecuencia.

El triunfo de la radio llegó cuando fue consciente de que lo que realmente quería el personal es que alguien le hablara o le cantara, que alguien le despertara en penumbra como una amante discreta o que ejerciera de almohada sonora en las soledades nocturnas. La radio nunca esclavizó los sentidos en un sillón, sino que los ha liberado con el tenue cautiverio de 
su sonido, acompañándonos en una omnipresencia eficaz; la del auténtico primer móvil que entró en nuestros hogares; como si se tratara de una novela hablada que guiara nuestra imaginación con la palabra como lazarillo.

Quizá, por tal capacidad de persuasión, por lo característico de su hechizo, no todas las ondas radiofónicas solventan su sometimiento a los juicios del personal con beneplácito. Y en plena desenvoltura de la democracia (que sólo será tal cuando dejemos de mentarla de una vez) sorprende todavía el pánico  al ejercicio libre de las  ideológicas de ciertas emisoras y la demanda de sus cierres (sucedió con la Cope). El perro ladrador no requiere de bozales, sí el mordedor, y de momento las radios sólo hablan, alto o bajo; aun no han asestado mordiscos.

En Béjar ha nacido una nueva emisora (Punto Radio), se habla aún de una cuarta que se uniría, con la citada, a la histórica Radio Béjar, que por la adolescencia de sus trabajadores pudiera volverse a denominar con aquel "Radio Juventud" de sus inicios; y a la Cadena Ser, ya veinteañera, y sacrificando parte de su programación local en beneficio de la del resto de la provincia. También se madura la edición de un nuevo periódico de carácter privado, que sin duda nos devolvería al encanto casi perdido de leer sobre nosotros en papel real y no virtual.

Sólo esperamos de todos estos medios -de los privados- la mayor de las tendenciosidades (exhibir una tendencia, un criterio ideológico o de pensamiento es una actitud necesaria, casi una exigencia). Lo que no es tendencioso acaba siendo ocioso; finalmente casi prescindible. La publicación decana de la ciudad, "Béjar en Madrid", denota felizmente ciertas filiaciones y ciertos gustos arcaicos que unidos a la realidad actual de un periódico, inevitablemente contemporáneo, le confieren un agradable encanto y la representación de un sector notable de la ciudad. No deben contagiarse el  medio hablado y el radiofónico de las precauciones sociales a exhibir el pensamiento, esclavizándolo en silencio y reproche.

El ser humano es ante todo ser ideológico y deductor. Sus manifestaciones han de ser vehículo de ideología (no de doctrina), deben tomar partido (no ser partidistas) y mostrar el pensamiento (no alardear de él); y el mejor conducto para tal sutileza suele estar en las ondas hertzianas con las que el viejo Marconi puso en comunicación el mundo: maravilloso  cauce de palabras, las recite Jiménez Losantos o Carles Francino, Manuel Torrico o Pilar Campo. El inmenso placer de hablar; la ética necesaria de escuchar.