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Queremos tanto a Fidel

Oscar Rivadeneyra

Ni Glenda, ni Cortazar, el objeto de nuestra pasión iberoamericana sigue siendo el comandante barbudo y color de oliva. Ya puede llegar impaciente un siglo XXI con su muestrario de incertidumbres y de tecnologismos que en un rincón del alma, del trastero o del desván queda, sobreviviendo a nuestra acumulación de años y de desengaños, la imagen numantina de Fidel Castro.

Queda para demostrar a la inmóvil juventud del mundo que la rebeldía lleva canas, que todas las revoluciones las hicieron nuestros abuelos, que sus sueños de modernidad y justicia no se han chocado  con los intereses de la globalización ni de los imperialismos al uso, sino que se toparon con nuestro conformismo (que en fiestas de guardar se viste de progresía para salvar dolores de conciencia).

Organiza la hermana Salamanca una Cumbre de Iberoamérica para tender una trampa a nuestro sentimentalismo y dejar en evidencia nuestra simpatía por Cuba, que es la simpatía natural por las islas como ella, perdidas en el océano y en la memoria, las islas remotas con quien todo romántico sueña, escogiendo compañía, para retirarse del mundanal occidente. Islas propicias para el cantón y la resistencia, islas para el Beatus ille y el abandono.

La crítica al mandatario cubano siempre se ha hecho desde la perspectiva de Europa, que no es una isla sino el directorio del planeta, el lugar menos estratégico del mundo para opinar sobre Latinoamérica. De colonizador a colonizado, pasando por un eterno mar, las palabras de reprimenda hacia Cuba se las traga un océano de razones que terminan por hacer necesario en el mundo (y sobre todo en el Nuevo Mundo) la presencia de un Castro hilvanando los laberintos que la historia le pone. No es pensable en la Europa de los viejos imperios una solución a los problemas endémicos del hombre que tenga perfil castrista, sería y han sido las propuestas degolladas por la democracia, que en estos lares que privilegió la historia, es fácilmente aplicable. Sí, en cambio, es pensable, pues así se pensó y así se adoptó en muchos países, en las colonizadas Sudamérica y Centroamérica romper a través de  una figura emblemática (aunque asemeje a un justiciero trasnochado y leguleyo) la línea viciosa por la que los privilegios y la riqueza de estos países han ido pasando de conquistadores a criollos, de criollos a oligarcas y de oligarcas a multinacionales norteamericanas. Quien no entienda la necesidad americana de una Cuba, no tanto como emotiva o simpática arqueología política, sino como solución y freno a la proverbial desigualdad a la que se enfrentan, es que desconoce el abismo histórico que Cristóbal Colón abrió mar mediante. Se equivoca tanto el anarquista con chilaba (un exotismo que divierte al capitalismo) que invoca al comunismo y a la revolución en la Puerta de Zamora salmantina, como el mandatario de derechas que cree anacrónica la figura de Castro en Cuba igualando de un plumazo y de una palabra el tiempo, la circunstancia y la historia de su cómodo despacho con la maraña social de Cuba, Brasil, Perú, Bolivia o Paraguay. Pretende esta Europa (a veces sí, tercamente vieja) reconquistar sus colonias americanas a través de "modus vivendi" inaplicables en países que a pesar de la hermandad secular, para algunos siguen pareciendo auténticos desconocidos.