El hábito con el que estamos vistiendo a esta modelo anoréxica que Béjar es da para la misma perplejidad y disparidad de juicios que los trapos de temporada con que algunos modistos cubren a las divas de pasarela y novio futbolista. Los complementos urbanísticos que rematan el atavío al final de cada obra están sujetos a la opinión callejera, tan sincera como hipócrita a veces, de cientos de juzgadores asumiendo la mudanza de imagen en la Calle Mayor o en la Puerta de Ávila.
Prevalece en el juicio, la estética al utilitarismo. Porque, aunque la ciencia de la belleza no sea exacta, sobre gustos hay mucho escrito y muchísimo hablado. Dar con el punto en la utilidad es un acierto sencillo que en las obras consiste en dejar simplemente las cosas como estaban, pero el acierto o el equívoco en la presencia, en la hermosura o la fealdad, toca las fibras más escondidas e imprevisibles del viandante. Capta el peatón el error de una estatua, de una fuente o de un jardín mal escogidos con más solvencia y facilidad que las incomodidades de un diseño equivocado entorpeciéndole físicamente el paseo.
De los asuntos de la belleza nadie suele acordarse por miedo a la cursilería que lleva implícita, hasta que le plantan un bodrio en plena calle, pues, al final, quien más o quien menos, quiere habitar una ciudad con presencia como quiere tener una novia bella y no demasiado sofisticada.
Como Béjar aun se viste por los pies, es la Puerta de Ávila el referente de su vestuario y de su imagen. Puerta deseada por invasores y añorada ahora en su desaparecida imagen medieval; puerta ya sin arco y sin dintel; puertas al campo y al recuerdo de una muralla imposible.
Desde el mariscal Nanetti hasta nuestros pasos, cruzar la Puerta de Ávila ha sido una necesidad laboral y consumista o un impulso del paseo. Al paseo se le ataca primero por los pies: sustituyendo el mordiente de los adoquines por el granito pulido, presto y dispuesto a nuestro desliz; y se le conquista después, o se le pierde, por la vista, cambiando su imagen para gustos y división del respetable. El objetivo inmediato de Requena ha fotografiado durante años las diferentes versiones florísticas de su jardín, que se suceden, en sus instantáneas, paralelamente al corte de vestuario del público. Las intervenciones en este parche de naturaleza han ido desde el clasicismo al narcisismo, y han logrado desde románticas hasta estáticas estampas, donde los cañones de la Gloriosa miraban al norte y el sedente Mateohernandino al sur, hacia las evocaciones de palmeras y fuentes, dátiles y agua.
Esa es la historia de intenciones pasadas de la Puerta de Ávila. El jardín que parte en hipotenusa a esta plaza imposible y que apenas favorece juegos y descansos, se decora hoy con flores de corcho, que difícilmente harán ramo de novia ni estornudo de junio. Una tentación de emborronar su dibujo y su orden de azules y amarillos recorre al adolescente sabatino cada vez que pasa por su lado y, si la ebriedad o la osadía le acompañan, deja deshecha esta obra necesariamente efímera. Podrá descansar su peso alcohólico en la nueva farola, negra y rotunda, formando con ella un idilio demasiado tópico de las noches golfas, que no será el que logren nunca farol y jardín por más que el tiempo acostumbre su compañía.
Junto a este parterre inerte o atrevido uno no llegará jamás al entendimiento artístico del siglo XXI, pero seguirá llegándose a la Corredera o a la Calle Mayor, que la Puerta de Ávila nunca fue lugar de estar sino de atravesar: Puerto más que puerta; entrada y salida; buenos días o despedida.