Sinceramente les digo que, para satisfacción del eminente profesor Francisco Sánchez-Bayo y de otros tantos amantes de la naturaleza, el águila real en nuestros pagos no es sólo una reliquia heráldica o una monumental escultura de Don Mateo Hernández, sino una realidad serrana de nuestro cielo que ha logrado colarse en el siglo XXI.
Aunque suene a dramático y a poco creíble, tal y como están las cosas, tiene menos futuro en el azul del cielo un avión de pasajeros que el perfil del águila real pues ésta nunca se dejará vencer por la gravedad ni estrellará sus huesos en un edifico; su vuelo puede ser salvaje y depredador pero nunca perverso ni enfermizo como el pilotar de esas ciudades en vuelo en que se convierten los aviones. Escojo entre ellos al avión roquero o al avión común, diminuto y plumón que dspiertan el paisaje en Navamuño las mañanas de verano, lo prefiero al F-5 con mira nocturna que puede aniquilar a decenas de civiles en un abrir y (sobre todo para ellos) cerrar de ojos.
Las máquinas tomaron el nombre de animales y no al revés. Entre águilas escojo sin duda la real que pude ver este verano cerca de La Covatilla a la de cabeza blanca que rivaliza con el Tío Sam en ser emblema y poster de Norteamérica.
El ver volar sobre mi cabeza en pleno Risco del Águila al ave que le dio nombre es, aparte de emocionante, la confirmación de que los topónimos no se dictaron por la casualidad sino por el conocimiento remoto de los bautizadores. Que la naturaleza siempre vuelve por donde anduvo; no solamente las aguas regresan en busca del cauce del que las separaron, también ciertos animales lo hacen por el lugar donde dejaron su nombre como una marca del territorio.
Ignoro si los expolios a sus nidos realizados en el término de Candelario a mediados del siglo XX eran una revancha antifranquista contra el símbolo que aquel régimen adoptó para su España, confundiendo la tranquila águila real (Aquila Chrysaetos) con el águila de San Juan, fascista y represora; que todos los animales terminan siendo símbolos de algo y la Guerra Civil nos dejó animales en los dos bandos. Ahora el águila, paradójicamente, se ha ido convirtiendo en símbolo aun vivo del ecologismo ibérico y emblema de naturalistas hasta el punto que teme un servidor ser prejuzgado como peligroso verde y radical ecologista por nombrar la bicha (el águila real) en términos donde sólo reina hoy la realeza del esquí. Ajenos a las interpretaciones que los hombres hagamos de ellas, las águilas han poblado estas sierras y sido testigos del destile último de los glaciares, del fin colmatado de las lagunas, han oteado desde los aires al postrero oso cautivado por algún duque de Béjar, montero y cetrero; han contado todas generaciones de humanos y mirado a los ojos a su verdugo.
No pierdan los lugares el raciocinio de su nombre. Regrese pues el Risco del Águila a la lógica de su apellido zoológico cuya escasez de ejemplares le hizo trocarlo por el de Risco Gordo. Venciendo la apariencia a la evidencia.