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Plazas Artificiales

Oscar Rivadeneyra

En el afán de ensanchar los paseos del caminante urbano debe circunscribirse la reciente demolición de un inmueble en la Calle Mayor que ya hace las delicias de los amantes de los espacios abiertos. Son varias las plazas tangentes a la principal calle de Béjar que, como ensanches pasajeros, como tumores benignos de esta arteria, apenas invitan al etenimiento o al asiento; así, la desaparición del incómodo recodo deshabitado de la plazuela de Martín Mateos redefine el sentido de una auténtica plaza.

En una localidad lineal y nada radial hay que buscar soluciones como ésta, hinchando las estrecheces por donde nos movemos. La incitación diáfana a la contemplación, la hospitalidad de su descanso, por nada entorpecido, va suponiendo el redescubrimiento de este ombligo crecido en mitad del casco urbano. La visión efímera o la somera percepción de la compañía arquitectónica e histórica de este lugar, son imperdonables a partir de ahora, en que esta ejemplar plaza puede verse por todos sus flancos y convierte alguna de sus clandestinas esquinas en muestrario claro de fachadas.

Marcada en el paisaje urbano desde las lejanías con el señuelo de la espadaña de San Gil, hay que entrar en ella previa cubierta de portales de Pizarro o angostura de Calle Mayor, para volver a revivir sus plazas y sus nombres; saber que en la rosa de los vientos de esta plaza el sur es filosófico merced al espiritualismo de Nicomedes Martín Mateos, aunque haga 
años que no salga a su balcón de galería; que el norte y su solana son de la escultura (también filosofía, pero de rudeza) en el Museo Mateo Hernández; y que el oriente, encajado y reabierto, es literario porque no pudo bautizarse al foro teatral con nombre más exacto y propicio que el de Cervantes.

Circundar esta plaza inclinada es realizar un paseo esférico que va y viene por todos los siglos que la contemplan, desde los rostros modernistas de las edificaciones burguesas, exhibiendo su manojo de rosas y criadas de cofia, hasta las piedras venerables del románico y el gótico en la iglesia de San Gil, entre las que el siglo XX insertó sus líneas claras y sus ángulos rectos. Entre unos y otros la elegancia isabelina del teatro, puesta al servicio, desde el siglo XIX, de la farsa, la comedia o el drama. Toda la plaza es una escenografía inamovible de miradas que se cruzan desde todos los tiempos de la historia, una versión anudadora de los modos distintos que los bejaranos han tenido de sentir a través de los ojos de sus edificios: orando o laborando; negocios u ociosos. La demolición de la vivienda sin vida permite ahora enfrentamientos en el aire entre el filósofo bejarano y el literato de Alcalá, entre metafísicas y entremeses, entre sabidurías elevadas y novelas ejemplares, terciando entre ellos el acompasado paseo de turistas y nativos.

En estas ciudades de medianías la cultura suele medirse por los metros cuadrados de espacio neto que se otorgan a la memoria de los hombres insignes, que resulta ser más un homenaje urbanístico que una verdadera alabanza de su obra. Se sustituye la lectura de un capítulo del Quijote, la perpleja relación táctil con la escultura de Mateo Hernández o el aun menos probable acercamiento a los ensayos de Don Nicomedes por una plaza grande y pateable donde las placas y las presencias aludan a los prohombres eternamente. Se deja desabrochar el cinturón de callejuelas diarias para el caminar y el sentir del ciudadano, respirando solos y aires de plaza castellana en medio de la utópica llanura de nuestra geografía.

Los políticos saben que las elecciones empiezan a ganarse en las plazas, las de raigambre o las inventadas, para que un día la memoria de su espacio les recuerde.