Cada vez que la escavadora abre la tierra en cualquiera de nuestras calles y plazas dejando al aire bloques de granito, madres de la piedra, se entienden las razones de la dureza y sobriedad del alma bejarana. Cuando el taladro entra en el seno de nuestro suelo y no descubre ni el manantial ni el petróleo sino que hace regresar al exterior algún pedazo de ese inmenso batolito que, según los viejos libros de geología, esta montaña acoge, comprendemos como cierto aquello de que la tierra que pisamos imprime el carácter que ofrecemos, del que nadie puede escapar, como tampoco escapar se puede de una religión heredada o de una lengua aprendida.
Cuando el visitante nos llega, ávido de lugares y de lugareños, se encuentra a veces a piedras, no solamente en la estructura de los palacios, en los caserones o las iglesias del siglo XIII, sino también en las personas que ofrecen el escudo de mica, feldespato y cuarzo como bienvenida o como saludo. Hay que pasear estos días por la Plaza Mayor, regresada a sus orígenes, para reinterpretarnos en la inmensa roca que ha aparecido sin invitación, en el lugar mismo donde una escalera señorial dirigirá todas las perspectivas hacia el palacio. Ese capricho a flor de piel y a flor de suelo que es cimiento último de los arcos, de los sótanos y de las bodegas y que aflora como el hueso blanco sale de las heridas.
Las máquinas y perforadoras de esta obra van sustituyéndonos en el mayor deseo insatisfecho de nuestra infancia: penetrar en el subsuelo a la búsqueda de los legendarios pasadizos y túneles del castillo para sólo encontrarnos el destino de la piedra, nuestra propia metáfora y el final blindado al que se abocan nuestras ilusiones.
No hay, de hecho, obra alguna en el casco urbano que no encuentre, más pronto que tarde, la oposición de la roca que nos configura, ralentizando los plazos o paralizando el trabajo, (como no hay proyecto o empresa nueva que no se tope con la roca de la incomprensión y el prejuicio del vecindario) que incluso aquella vía del ferrocarril en 1894 detuvo sus construcción cuando llegando a Béjar debió idear el hoy lóbrego túnel que, mientras no se demuestre lo contrario, es el único que atraviesa los bajos de la Plaza Mayor.
Las piedras no presentes, las que intuimos debajo de la huella de nuestros pasos, nos condicionan, dan firmeza al terreno que pisamos, nos hace sólidamente castellanos ante la vida; su cantería nos sustenta mientras no se trate de la piedra de la locura que en la edad media el vulgo imaginaba alojada dentro el cerebro de los paranoicos, y mientras no sea "una piedra en el camino que nos enseñó que nuestro destino era llorar y llorar".