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Pintar las paredes

Oscar Rivadeneyra

Entre los obedientes operarios del arquitecto Espejel que ilustraron el vacío de la pared ontigua al Teatro Cervantes y los anónimos grafiteros de la madrugada que la deshicieron con su rúbrica no media tanta diferencia. Ambas manos son manos que pintan paredes, que se rigen por el difícil afán de la creatividad, y que se ven empujadas al grafismo por un idéntico horror al vacío o desasosiego ante lo inmaculado.

El hombre barroco y retorcido que todos llevamos dentro no soporta la contemplación de un espacio blanco, grande y uniforme, por eso vamos pegando carteles por esas paredes comunes o clavando posters en las propias, y por eso sucumbimos con demasiada facilidad a la tentación de dejar nuestra marca en todo muro mondo y lirondo que nos grite desde su silencio provocador: ¡píntame! En todas nuestras manos anida una tiza o un aerosol porque todas las paredes son una pizarra de desahogos en la que por la mañana podemos realizar una acertada alegoría a Cervantes, a los libros y al teatro, y por la noche emborronarla en desarmonía de garabato.

Sucede que los grafiteros clandestinos de la plaza de Martín Mateos tiene las de ganar porque tienen a la historia el arte a su favor —la historia de la libertada en definitiva—que hace tiempo que cuestionó los remilgos figurativos y que se soltó la melena y la mano.

A mediados del siglo pasado los dos nombres más sonoros del arte norteamericano, Jackson Pollock y Willien de Kooning realizaron una curiosa propuesta: uno de ellos pintó con toda libertad encima de un cuadro del otro dando como resultado la obra conocida como “de Koonig sobre Pollock”. En Béjar hemos asistido a la ejecución de “Anónimo sobre Espejel”, toda una superposición de mundos gritando desde las paredes: el del joven obsceno, torpe y rebelde sobre el del arquitecto privilegiado y pulcro —¿las dos Españas?—, el de los artistas callejeros, marginales y lejanamente reivindicativos frente al de los creadores de despacho y testa engominada; el del arte sin límites ni solución de continuidad, y el del arte de las vieja nociones y evocaciones del Siglo de Oro, cervantinas y juglarescas. Lo formal frente a lo informal (el “informalismo” ha dado los creadores más sinceros de España en el siglo XX: Saura, Millares, Esteban Vicente…), lo hecho frente a lo deshecho, lo premeditado frente a lo improvisado.

Pero al igual que en otras versiones de las artes plásticas el grafitti ha pasado de ser crítico a ser críptico. A nadie se le oculta que las viejas revoluciones con las que aun nos emparentamos (el 68, la Transición española) cabalgaron sobre eslóganes escritos en las paredes, cumpliendo una misión social en su intención de remover conciencias a pie de calle, y llevando a veces el verso libre a las tapias y a los grises muros del país. Hoy esa mensajería política se ha hecho abstracta y en toda abstracción suele anidar una torpeza, ha adquirido emblemas y anagramas ajenos —frecuentemente estadounidenses— que no tienen ya como objetivo comulgar con el viandante sino establecer distancias amparándose en lo ilegible. Éstas y no aquellas parecen las intenciones del pintor de paredes que malogró el previo trabajo aledaño al Cervantes.