No suele haber pensamiento más certero que el que sale de la revisión del pasado (el único aval, la única experiencia); empezando por el más inmediato.
Durante este preámbulo eterno por el caminamos hacia las elecciones municipales se hace necesario un pausado y templado pensamiento antes de dejarlo marginado a la obligada urgencia del día de reflexión. Ordenar las revueltas ideas que el estado opinador, los medios de desinformación y la irredenta tendenciosidad del vecindario han convertido en laberinto difícilmente interpretable.
La izquierda bejarana, que a sus vicios comunes con el resto del socialismo nacional une defectos particularmente locales, observa este y otros comicios en términos de reconquista: palabra de raigambre medieval que connota una previa afirmación de propiedad. El reconquistador cristiano creía que los terrenos que iba arrebatando al "yugo sarraceno" les pertenecían por designio previo y más o menos divino, y el socialista bejarano busca, al pretender recuperar "su" ayuntamiento, quedar en paz con la historia y con la obligación moral de que un pueblo obrero-industrial vote socialismo. Y quizá de esta premisa y de este dogma político nacen los orígenes de su fracaso, reiterativo en las últimas legislaturas: de pensar, en flagrante prejuicio, que una clase trabajadora, proletaria, iba a apoyarles eternamente en sus travesías políticas y no iba a cruzársele por la cabeza el gusanillo de la reflexión y de la crítica. El idilio entre obreros y políticos socialistas es un matrimonio que inconvenientemente regado y estimulado, se tira al naufragio de la monotonía y termina
conduciéndosele al divorcio.
Después de la larga travesía del desierto de la dictadura, la Agrupación Socialista creyó, en sus días de vino y rosas en puño izquierdo, que todo quedaba atado y bien atado en su relación con el obreraje textil, que lo que el voto unió no lo habrían de separar mundanas circunstancias.
Juan Belén Cela (el Tierno Galván bejarano) logró dirigir desde su pedestal, aun empresarial, todos los cambios sociales que España imponía a los municipios, afanándose aquellos años en digerirlos a toda prisa pasando de la noche al mediodía sin intervalo de amanecer. Béjar se encontró con su prudencia, la misma de la que carecieron sus sucesores. Su sabia gestión merece un recuerdo permanente, el de un hombre que cruza a diario la Calle Mayor como un momento vivo, que en vez de perderse en la quietud de una
estatua o un homenaje habla con el pueblo con la campechanía de las figuras realmente imprescindibles.
De esos políticos de cercanías es de los que carece el socialismo municipal desde hace años, desestimando el trabajo de calle, precisamente -y paradójicamente- por creer que ésta siempre habrá de pertenecerles. Ha pasado el tiempo de creer que cada clase social tiene su voto preconcebido y que no es la gestión en los aspectos de común trascendencia para todos lo que realmente se juzga, se premia, o se castiga en las elecciones.
La cautividad y la esclavitud electoral pasaron la historia, y con ellas los políticos arcaicos que creen en la fidelidad de sus filas.
El socialismo bejarano no tuvo en su momento el suficiente talento para perpetuar a sus naturales votantes: los obreros, cuando estos reinaban en el censo de Béjar. Ahora, deshecha la condición proletaria y seriamente mermado el número de trabadores textiles (algún día se equilibrarán numéricamente empresarios y obreros) unos y otros reflexionan su voto ajenos a la tradición: la de que los patronos fliltrean con la derecha política y su mano de obra con la izquierda. Y triste es decirlo, será ésta última la que con más facilidad traicionará las convenciones establecidas.