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Oscar Rivadeneyra

En el exacto minuto en que un portavoz del Partido Popular, de cuyo nombre, sinceramente no me acuerdo, pronunciaba, sin saber su significado, la palabra demagogia, tres niños libaneses morían bajo un bombardeo, nada demagógico, sino cierto y sincero, del ejército israelí. A tan limitado nivel llegó la crítica hacia los que han exteriorizado su condena al gobierno hebreo.

Tienen destreza retórica ciertos políticos solamente para las más fáciles palabras y las más insustanciales argumentaciones, y habiendo perdido toda reserva de razón recurren al manido término "demagogia" con el que creen asestar al oponente la puntilla definitiva. Hay bocas de las que emana sangre figurada y no saliva a la hora de manifestarse, bocas que las hubiéramos preferido cerradas a cal y canto en vez de desechas en tan burdos improperios con fondo de misiles y muerte.

Mariano Rajoy, para hacer mayor abundancia en ello, y quizás también para corregir la escasez verbal y descalificadota de su portavoz, definió la postura antibelicista de "ridícula, incongruente y paleta"; que por deducción de antónimos elevaría a la guerra a la categoría de lógica, seria y civilizada.

El registrador de la propiedad Rajoy no ha registrado todavía como propia ninguna frase de elocuencia o contundencia, ningún aforismo digno de perdurar en los anales del parlamentarismo y sólo nos va dejando sueltos por los telediarios supuestas expresiones campechanas y coloquiales con las que se quiere ganar al hombre llano de España que todos llevamos dentro. Cuando la llaneza de los términos se refiere a asuntos como el que nos ocupa caen sobre el oyente como un eco de bombardeo y de injusticia, y ya no son llanas sino agudas e hirientes las palabras.

Las guerras en Oriente (Próximo y Medio, pero siempre lejano) son digeridas tertulianamente por el mundo occidental, con café de desayuno, churros y micrófono, mientras por aquel punto cardinal va asomando un sol tranquilo y propicio para nuestro país. Se comenta el parte bélico sin más implicación y humanidad que la que puedan tener los críticos hacia una "peli" de tiros, y se escucha con la misma asepsia y modorra que la predicción  meteorológica. Los comentaristas de la política internacional miden las palabras como otros miden las heridas, calculan sus consecuencias en términos de poder como otros calculan el número siempre difícil de las víctimas. Mientras Israel desuella la inocencia de niños de otra raza, olvidando su propio lloro judaico de Austwitch (que no era el lloro israelí, sino el de la Humanidad), mientras enarbola su puño anglosajón y bélico a lo más que nosotros llegamos es a escupirnos improperios y descalificaciones a la cara, y convertir la guerra cierta (la lejana de las vísceras, el llanto y el dolor inmensos) en una simple guerra dialéctica; con balas de odio, pero de fogueo; con pistolas rencorosas, pero de agua.

Es el modo salvaguardado en que contemplamos desgarrarse al mundo. La pantalla plana nos reproduce un planeta esférico que se desinfla, saeteado en las geografías del resentimiento; modulamos el distante sonido del dolor para dejarlo reducido a un ruido de fondo detrás de este ventilador que acompaña la escritura, del chapoteo de las piscinas, de nuestra entrada en las playas rendidas del Mediterráneo. Pero en la otra orilla de ese mar de turismo, gozo y corrupción, otro mundo se ahoga por tocar nuestros pies, y otro, aun más remoto, dirime en desigual batalla el orden de Oriente.

Pero no podemos anular la cita de esta noche con brisa de terraza, tinto y sombra crepuscular. No podemos levantar nuestra voz, ahogada ya en ronquera de verbena y cubata.

Hacerlo sería demagógico.