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Las Paradojas de los Anticatalanistas

Oscar Rivadeneyra

Hay un lugar en la política en la que conviven, sin ser conscientes de su disparidad de orígenes, la radicalidad progresista y la conservadora, la derecha más siniestra con la izquierda más diestra. Cuando una ideología se lleva a los extremismos empieza a exponerse a las paradojas, concesiones contradictorias que terminan por cuestionar la coherencia de los argumentos.

España es un país simétrico donde toda postura tiene su réplica y donde lo realmente difícil es vivir en el eje de simetría, que es filo de la navaja más que eje.  Lo netamente español (difícil ecuación en un país de orígenes tan divergentes) siempre tendrá una réplica catalanista, galleguista o vasquista necesaria para su autoafirmación; y viceversa: para los catalanes se hace necesaria la rancia España de charanga y fiesta nacional para hacer posible su regionalismo llevado a nacionalismo. Sin posturas contrarias las ideas propias no llegarían a categoría de ideologías.

La actual España manifestante (y aun más, beligerante) teme a los nacionalismos sin reconocer que no son más que la propia descendencia de su postura radicalizada, de su última costumbre de sacar a los iconos del país eterno a la calle: los sacristanes, las niñas pijas y el toro de Osborne. Saturno devora a los hijos herederos de su intransigencia.

Nacido pues el conflicto de esta gran paradoja (que hace consecuente e indispensable al enemigo), la derecha, la reconocida (la del partido político aun llamado "Popular") y la inconsciente (la del ciudadano de a pié que difícilmente asume los cambios de un mundo discrepante), se enfrenta con armas poco reflexionadas al problema de los nacionalismos, del catalán especialmente pues es el que con mayor inteligencia se ha presentado en el siglo XXI. Comienza por cuestionar la existencia de tal problema, de tal realidad diríamos mejor, para cargar toda su artillería después contra la "inexistente" realidad de unos ciudadanos no dispuestos a continuar con su condición de supuestos españoles. Y las armas que la derecha (la inconsciente) enarbolan frente al payés, al ampurdanés o al culé son un boicot, un puñado de banderas españolas y la censura a la palabra "nación".

- El Boicot: Sabido es que los boicots, o su versión más trascendente del bloqueo, no hacen otra cosa que reforzar al bloqueado o boicoteado llenándose de razones en su aislamiento. Pero los promotores del boicot al cava catalán, aparte de privarse de un producto de calidad, caen en la paradoja más absurda pues suponiendo que quienes lo llevan a cabo reniegan de una Cataluña escindida y por lo tanto no dudan de la españolidad de esa autonomía, están con ello boicoteando un producto innegablemente español, y nada más estúpido hay que boicotearse a sí mismo pudiendo hacerlo con productos realmente extranjeros.

- Las banderas españolas: Costumbre es entre los muy hispanos aficionados del Real Madrid que, ofendidos con el reniegue de los barceloneses a su condición española, enarbolen banderas rojigualdas para animar al equipo merengue cuando juega contra el Barça, algo que a los nacionalistas catalanes llenará de entusiasmo pues no hace otra cosa que redundar en su separatismo. Del mismo modo los mismos que niegan cualquier hecho 
diferencial que justifique la separación son los que adjudican a "todos" los catalanes la condición de tacaños, soberbios, prepotentes y otros adjetivos más indecorosos, con lo que no hacen otra cosa que adjudicarles notables e incuestionables diferencias (aunque negativas) con los demás ciudadanos de la Península.

- La palabra nación: En asunto etimológico se convirtió el debate sobre el Estatut por culpa de una sola palabra que tanto puede contener. La enésima paradoja reside en que se niega a Cataluña la palabra "nación" aunque sea perdida entre las líneas de un estatuto, mientras que al País Vasco se le concedió la de "país" (que significa lo mismo) en su propia denominación oficial de autonomía en sustitución de la ya remota de "provincias vascongadas".

Pero todas estas contradicciones no son sólo patrimonio de la derecha confesa y rabiosamente española. Cada vez que se toca el asunto de los nacionalismos también lo son de esa derecha subconsciente que todos llevamos dentro, hasta los situados teóricamente en sus antípodas.

Pero esto es, en fin, otra paradoja de la que mejor hablamos más adelante.