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Pantanos de Nuestra Vida

Oscar Rivadeneyra

Supone el otoño, aparte de una congregación de poetas y pintores melancólicos frente a la decoloración del paisaje, el regreso a los pantanos: referencia nacional y baño de interior cuando el año es, como afirman, el más seco del último siglo. Supone el otoño, además de un terminal suspiro de fiestas grises y a deshoras, el definitivo cambio de la playa salina, como objeto de deseo, por el pantano dulce y menguado como objeto de necesidad.

El otoño supone, cuando se intuye poco lluvioso, una querencia por lo hidráulico y lo fluido que nos lleva a la orilla de las presas, a contemplar como las venas del país agotan su sangre transparente por ríos lentos que ya no van a dar a la mar ni al morir, sino que muertos están en medio de la geografía y del año.

Todo el mundo mira a los embalses que nadie quiso mirar cuando se construyeron, todo el mundo suspira por los sorbos de agua después haberlo hecho por los pueblos anegados, los campanarios como islas que delatan la vida perdida que el agua ya ha puesto en olvido.

El nivel de los pantanos es una columna estadística y un diagrama a cielo abierto de los dramas numéricos de este país que tiene trastiendas terribles de pobreza y desequilibrios, fondos oscuros de pantanos que la sequía va sacando a flote con sus algas y sus ciénagas.

El pantano es el barómetro de nuestra vida desde que el viejo dictador los pintara sobre el mapa de su cortijo español y por eso nunca nos hemos asomado al reflejo de las aguas desprovistos del miedo o el prejuicio. En aquellos años las presas eran toda una metáfora del discurrir nacional y político, una trampa represiva que no dejaba fluir al país deteniendo la libertad del agua y la del pensamiento, un coágulo que obstruyera  las venas de la vida.

Pero ahora gemimos por el líquido elemento que el triste dictador nos dejó almacenado como una reserva de su megalomanía, como una trampa tendida en los valles para que nos acordáramos de él todos los años de sequía, que alguno ya estará a punto de prohibir el consumo y uso de aquellas aguas por fascistas y represoras.

Ignoro cual es la circunstancia regional de Béjar y el nivel del pantano de Navamuño, menos aun si en el tiempo entre la escritura de este artículo y su publicación un diluvio general habrá solucionado el problema (las catástrofes sólo se solucionan con catástrofes contrarias).

Sí sé que por suerte y acierto no se construyó su presa en escollera en el valioso valle de ese nombre, no por inquietudes medioambientales, que en los años ochenta eran inéditas, sino por simple rentabilidad. Aunque su apellidos de Béjar o de Candelario sí levantaron las hordas de la ignorancia y la intolerancia domésticas que son las únicas que debaten acaloradamente entre pueblos. La sed, qué duda cabe, es intrascendente frente a la importancia de los nombres.