Si fuéramos catalanes (catalanes del todo quiero decir) ya habríamos okupado, con k revolucionaria y altisonante, todas las vacantes entrañas de las fábricas abandonadas: allí la preocupación precede a la okupación. Si fuéramos proletarios (proletarios de conciencia más que de apariencia) ya habríamos tomado posesión ilegal, pero legítima, de las moradas más pretenciosas y vacías de sus patronos. Si fuéramos intelectuales (intelectuales al margen de torres de marfil) ya habríamos justificado, con
la sintaxis exacta y conveniente, la toma de todos los palacios de invierno en activo.
Ni la catalanidad, ni el proletarismo, ni el intelecto han anidado aun en nuestra diaria entrega al pesimismo. De nada nos sirvió el prometedor siglo XIX, inflado de reivindicaciones y de papeles impresos donde desahogarlas; ni la postguerra oportuna que trajo a tantos catalanes hasta orillas del Cuerpo de Hombre; de nada nos ha servido abrir la democracia digital de internet a nuevas hordas de opinantes.
Leí "Últimas tardes con Teresa" con su emocionante conmoción de un apareamiento entre la burguesía y el proletariado, personificado por Teresa y el "Pijoaparte", frente a un fondo de cielos vaporosos y de chimeneas textiles; y creí, por un instante, contemplar un asunto bejarano. Pero el escritor era Juan Marsé y no Gabriel Cusac, la novela "Últimas tardes con Teresa" y no "Rincón de Provincia", el lugar Barcelona, que no Béjar, donde nunca osamos asaltar las camas con dosel ni el virgo de las niñas ricas. La clase trabajadora barcelonesa, armada en su memoria con versos de poetas sociales y rumores de Europa en la Tramontana, se deja escuchar tras el enmudecimiento de los telares; en cambio, su réplica bejarana, clientelista y acomodaticia, clase sin conciencia ni honor, va dejando que los días dicten su sentencia anodina.
El proletariado catalán emerge hoy en un underground de fábricas ocupadas y calles propias, el bejarano, disuelto en una clase media que se camufla, pasea o huye, permite que sus fábricas se difuminen en una ruina inhabitable hasta para un zarrapastro okupa, o permite que el obrador deje paso al solar, el solar a la reconversión, y la reconversión al regreso a las mismas manos lustrosas y obscenas de siempre.
El final de la sinfonía de los telares -alegro ma non troppo- antecede al inicio del repicar de las campanas pues el empresario repara sus culpas y su conciencia con no más que un rezo a tiempo y un domingo cumplido. La burguesía barcelonesa, con arterias genéticas y sentimentales en la bejarana, se acantona en sus chalets del Prat temerosa de una banda desbocada de rumanos, de sus propios empleados en ajuste de cuentas, o de que la españolidad les alcance saltando el Ebro. Pero el tejedor bejarano, ese que inicia todo árbol genealógico de esta ciudad, fue educado en la sumisión y en el goce de su propia ignorancia, y posa en viejas fotografías de grupo y fábrica (antes de que se inventaran las cenas de empresa) con manos encallecidas y oídos lisiados.
Tuvieron mal señor, luego fueron malos vasallos, incapaces de prosperar y anclados en un tributo perpetuo. Nunca se les pasó por la cabeza remover dos dedos de frente y traicionar a su viejo patrón: ocupar, verbigracia, las estériles ruinas de sus industrias, hurtar un resquicio de lujo en las casas de campo sus jefes, secuestrarles románticamente a una nieta rubia para pedirles como rescate un beso o un millón de euros.
En este imposible maridaje bejarano entre patronos y obreros, los primeros han roto el acuerdo tácito de la fidelidad cerrando casi todas las sucursales de su poder.
Ningún obrero denunciará ya traición tan reiterada, ninguno de su hijos okupará las fábricas solitarias.