Siempre que la mujer se ha afanado en la búsqueda de la igualdad de sexos, justicia birlada desde la aurora de la historia, ha elegido imitar lo masculino en vez de profundizar en la esencia interna de sí misma, como si el único referente a tener en cuenta fuera el viril, como si una vergüenza indisimulada por su condición les pudiera. Ellas han copiado el rol y la pose de ellos, y exhibido frente a la sociedad puritana su masculinización al asumir el logro de vestir pantalones o cortarse el pelo varonilmente primero, y de fumar en público o picotear su lenguaje hablado con palabras soeces después.
El difícil camino de las mujeres en el arte, discriminadas silenciosamente por la costumbre y la tradición masculina -pues no hubo norma alguna que les prohibiera ejercer los nobles oficios de las Bellas Artes- ha privado a la sabiduría de los siglos de más poetisas y más pintoras, y por tanto de la particular visión complementaria del mundo que ellas hubieran aportado.
Mas su papel en el escenario de la creatividad se ha limitado al ejercicio de las musas, a exhibir su belleza inspiradora o a esperar, como dama con matilla, en la barrera el brindis y la dedicatoria del maestro.
Como para resarcirse ocho veces de tamaña injusticia, ocho pintoras bejaranas exponen su obra en Caja Duero, adhiriéndose con su mayoría total a la mayoría absoluta de mujeres que reinan hoy, disciplinadas, en las facultades y las academias de las Bellas Artes; más bellas cuanto mayor sea su incorporación a este gremio, más ricas también si las esencias de dama y la femenina intuición les guía el pulso en el instante de estampar su rúbrica de pintura. Melindres y vocación, bodegón y naturaleza muerta compuestos en la esquina de las cocinas y de los hogares donde la mujer viene rindiendo pleitesía a la tradición discriminadora: un clasicismo detenido y perecedero.
Estas ocho pintoras bejaranas que visten de largo las necesarias faldas del arte, son las herederas verdaderas de aquella Teresa Sarmiento de la Cerda, duquesa de armas tomar que se disciplinó en la pintura, revolviendo las convenciones, escapándose de los marcos para ejercer aquel oficio pinturero de lacayos.
La mujer no se toma este oficio como la debida venganza ante el yugo misógino de la Historia del Arte, sino como una imitación de las formas y los ademanes artísticos impuestos por el hombre; no se rebela frente a la humillación a la que la sometieron los lienzos de Toulouse-Lautrec, Picasso, Monet, de pincel alcoholizado, maltratando en sus cuadros a las damas de alcurnia o de burdel con retórica violencia de género.
Tormentosa relación siempre la del pintor frente a la modelo, llena de infidelidades pictóricas y de obsesiones que convierten la dignidad femenina en la patética anorexia de los retratos de Egon Shiele, llenos de estupros artísticos y de enfermizas pinceladas, sumisas sus amantes a los tormentos parecidos de Van Gogh, de Munch; o al metafórico descuartizamiento de las damas de Saura o de De Koonig, condenadas a sublimar en disolventes y pigmentos los más deshonestos deseos.
Frente a ellos, frente a la crudeza de la sinceridad que otorga al hombre tener un arma como el pincel en las manos, sólo con rosas, con paisajes de belleza innecesaria han respondido ellas, pintando como quien ejerce una maternidad más. Dramáticas y venerables excepciones para el arte femenino suponen la obras de Frida Khalo o de Chus Fernández Álava buscando carmines de la menstruación, las entrañas crudas de la mujer y su destino; honestidad en bruto de carne y arte.
La batalla de los sexos también tiene su espacio entre los y las artistas con lealtades y traiciones, rotulando la "a" femenina o la masculina "o" y retando los duelos con pinceles, tientos y espátulas como armas blancas.