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No me esperen en París

Oscar Rivadeneyra

No aguardaré despierto, en la imposible madrugada de la siesta, para ver un exhausto sprint de televisión y refresco, en la llegada cromática y publicista del Tour de Francia. No  esperaré, como Bahamontes, en la sombra de los puertos, saboreando la vainilla de cucurucho, a que la muchedumbre cabeceante y arriñonada de los ciclista me dé caza y me descubra en pecado de asueto. No prorrogaré mi consumo vespertino de televisión en expectativa de belleza deportiva, con ansias de agonía ajena  ni demandando una leyenda de asfalto galo parcheado de la que ser testigo. No haré del sillón sillín, del tinto de verano bidón de sudores, no haré del gazpacho que  me espera, suero; ni de mi modorra veraniega, pájara.

No haré de esta habitación, clausurada y sancionada por el sol, ni de este café, trasunto de los Pirineos; no contaré con lentitud de suplicio simulado, las vueltas numeradas del Alpe d'Huez; ni me asomaré más a la tumba abierta de los ciclistas muertos. No exigiré otros triunfos que no sean los que la ciclostatic me otorgue en arrobas perdidas y los que una combinación talentosa o fortuita de piñones me conceda aupándome hasta el Castañar, en agónico apretar de dientes de treinta y tantos años.

No demoraré más el día santo de las vacaciones (la venganza infringida al trabajo, al jefe, al invierno) por culpa de la Grand-Boucle, de la gran mentira del ciclismo profesional. No seré cómplice ni espectador del fraude gigantesco de la competición, del fair play, el engaño multicolor, que nos ha tenido tantos veranos en la cuneta fácil de nuestro sofá, apostados a la vuelta de la publicidad y de la sintonía para vivir el romántico placer del 
esfuerzo ajeno.

Un fondo de locutores apasionados cantando (más que contando) las gestas españolas del Tour de Francia, nos ha acompañado desde la infancia de chapas en la calle Padre Roca. Se ha repetido todos los julios que tenemos, entrado con nosotros a recibir las olas del atlántico, bajo el quitasol cómodo de las sombrillas, en la terraza de horas perdidas y café con hielo, dentro de la tienda de campaña salesiana, y "en las piscinas privadas donde las chicas desnudan sus cuerpos al sol."

Sólo nos queda rememorar triunfos de los que fuimos testigos desde este lado cómodo de la pantalla: Indurain, Pedro Delgado (la edad no nos dio para Luis Ocaña), éxitos para los que sólo aportamos nuestro tiempo libérrimo de las tardes de verano: ni un esfuerzo, ni un empujón, ni un grito de aliento que llegara a sus piernas de agonía; únicamente el cómodo estar y la fácil discrepancia del espectador. Sólo nos queda un rescoldo de nostalgia del amarillo, que es color hortera de la superstición, pero también el de los triunfadores del Tour de Francia. Héroes de barro y lluvia de quienes nunca sospechamos tanta villanía, líderes de quienes nunca supusimos tanta servidumbre.

París bien vale una misa, y todo vale para llegar a París.

El Tour echa sus gladiadores a la arena del circo para divertimento de las masas, al escenario rompepiernas de la vida en la que un chute, una anfetamina, un empujón  oportuno o un beso nos dan aliento suficiente para no desfallecer. Los Campos Elíseos no son más lícitos que Montmatre ni menos golfos que el Barrio latino; para no ser anónimos en París, Picasso, Modigliani, Rimbaud o Verlaine bebían la absenta en copas de carmín y 
sangre.

El Tour y el ciclismo se han puesto a nuestra altura, a la decepcionante vulgaridad de su público.

Apago el televisor.