Nando Cornejo y el Fracaso de los Pintores
Pocos se percataron que en el mismo día que Béjar protagonizaba el programa televisivo sobre la Vía de la Plata, un bejarano joven (de esa generación maldita que abandonó la ciudad masivamente) se asomaba a la pantalla televisiva desde el lado de dentro y por conceptos artísticos mucho menos arqueológicos que el roce de una calzada del tiempo de los romanos.Resulta que Fernando Cornejo, Nando en la esquina firmada de sus cuadros, tuvo su minuto de gloria televisivo en el cierre de los tres telediarios nacionales de aquel domingo, como joven y alternativo diseñador en la recientemente celebrada Pasarela Cibeles. A Nando le conocí en un nada vanguardista grupo de teatro del instituto Ramón Olleros a donde los deseos mutuos de ligarnos a una de sus actrices nos condujeron cegadamente. Nuestra inquietud (féminas aparte) por las Bellas Artes acabó dando con nuestros huesos en la facultad correspondiente de la universidad salmantina: un centro de experimentación y ensayo sobre ciertas certezas artísticas de cada momento de la que fuimos partícipes cada uno en la medida de su afán de protagonizarlo. Después, en lo poco que su inquietud característica me ha permitido, he seguido sus pasos que pisaban por campos que, también mi falta de osadía característica, no me permitieron compartir.Ver a Nando hablando en la pantalla de sus diseños textiles y de su visión de la moda me lleva una vez más a reflexionar sobre la función, necesidad si la hay o si cabe, de la pintura frente al resto de variables de las artes, en la sociedad contemporánea, competitiva y ardientemente capitalista. De la pintura como el germen desechable que Cornejo ha usado y tirado hasta ir acomodando su talento a propuestas más de acorde con su carácter.Como en el árbol de la ciencia, las artes se han ramificado en función de la demanda que el mundo moderno ha lanzado a los creadores hasta crear esquejes (la moda, el diseño, las nuevas tecnologías aplicadas a la creación) necesarios y cada vez más alejados del vetusto tronco del árbol de los pintores, plantado en su romanticismo de paletas, pigmentos y boina calada. Los pintores son monumentos dignos de conservar en la memoria o materialmente pero, difícilmente usables mientras su labor no se recicle y en ese sentido viven la misma incertidumbre que los monumentos más incomprendidos frente al avance de las nuevas urbanizaciones.En ese aspecto es en el que toda una generación de promesas creadoras locales han ido goteando su decepcionante inmovilismo en materia pictórica, a la sombra primero de doctorados tan sensibles como los de Manuel García Blázquez y después de los tics ilustrativos y la estética del cómic recién venidos del Madrid de la movida y representados por aquel gurú finalmente desengañado de Antonio Varas. El resultado fue y sigue siendo un versionado inacabable de la misma postal y del mismo paisaje (tendremos que asesinar al paisaje un día de estos) que según la tradición acuna tantas vocaciones de pintor en nuestra ciudad.No se puede decir lo mismo de su equivalente a nivel nacional donde los problemas son otros, primando los deseos de individualismo en detrimento de quien se acerque con ánimo investigador a esta generación (la generación de la democracia) ramificada y espesa, imposible de catalogar pues el propio concepto demócrata fue entendido por muchos críticos como el permiso de entrada a cualquier tendencia, por irreflexiva e innecesaria que fuera, en el exigente mundo de la pintura y su deriva artística.El gremio de los pintores (incluso el de los pintores "de verdad" de los que me habla con pasión Antonio Zaballos) ha quedado al margen (marginado pues) de este trueque y de esta venta de famas que los medios de comunicación han propiciado y que parece el único calibre del éxito moderno.¿Sabría usted decirme, lector, por ejemplo, el nombre de cinco o seis pintores actuales y jóvenes con renombre nacional? Esto les permite trabajar lejos de la intranquilidad que ciertas famas conllevan pero también relega al citado gremio a la categoría de fracasado.A pesar de ello y puesto que no parece que vaya a prenderse la hoguera de las vanidades donde se consuma esta insoportable característica de los artistas de pincel en ristre, ni probable es que se salga del letargo placentero de nuestras artes, cada cual que lleve la losa de su fracaso mientras el benjamín de la familia, Nando Cornejo, se pasea entre modelos por la pasarela de Cibeles.