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Oscar Rivadeneyra

El hermanamiento global y la alianza de civilizaciones que añoran ciertos líderes del mundo tienen su redondez planetaria propiciada no por cumbres multilaterales sino por el balón adorado, que es la única alta esfera sobre la que los países pueden, en equilibrio, estrecharse la mano.

El fútbol es la relación diplomática más efectiva del caos contemporáneo, que sustituye la palabra por el gesto, la postura y el remate. Y no tiene más embajadores ni más profetas que los que la plebe de la afición elige como ídolos. En esta época de dioses paganos el vellocino de oro de la pelota ha conseguido nuestra reverencia y genuflexión, cada vez menos inclinada ante reyes y obispos, y más pendiente de los derroteros del lateral derecho. La copa de oro del Mundial tiene en junio más palio y veneración que el mismo Corpus de Cristo con Hombres de Musgo y santo varón, y multiplica sus multitudes bajo un cielo de justicia y revancha.

Desde el campo del barrio hasta los estadios discurre una vida breve y fatigosa que Alberti y Miguel Hernández quisieron incorporar al geto de lo lírico con sus Odas al Guardamenta. El fútbol había nacido en una olvida pradera de Gran Bretaña con césped victoriano, desde cuya línea de fondo un saque desmedido envió balones a todos los rincones del mundo. Sin esperar que el tiempo y la Historia darían la vuelta al marcador, Inglaterra predicó en sus colonias esa religión deportiva, como otros hicimos en las nuestras con el cristianismo de crucifijos y frailes, imponiendo reglamentos y desoyendo a árbitros. Quizá por ser imperio y no caer nunca del todo en las garras de la perversa Albión, el deporte rey no tuvo pasión de culto en España hasta bien asentado el siglo XX y hasta bien castellanizado el inglés prefiriendo fútbol a balompié.

Pero para nuestra generación (a caballo entre la Copa del Generalísimo y la Copa del Rey) el fútbol comenzó en 1982 cuando rodamos los primeros balones por la Calle Padre Roca, siempre embocados en jardín ajeno antes que en la portería deseada. Por eso nos ejercitamos y triunfamos más en ese trasunto del deporte rey a escala que eran los futbolines taberneros. En aquel junio, mientras desaparecían las naranjas de la compota, la televisión se saturó de Naranjitos, y también de logotipos, y cromos, y banderas, que nos enseñaron que el triunfo en la vida llegaría siempre que nos acompañara una buena imagen y un buen diseñador.  Mientras el ministerio barajaba adelantar las vacaciones el Mundial 82 resultó un concierto más de la movida madrileña, en el que tocar bien o jugar bien era un poco lo de menos, con tal de que todos estuvieran colocados por prescripción de Tierno Galván.

Mientras perduró la resaca del fracaso y el primer desengaño futbolero Epi y Corbalán aprovecharon para hacerse de plata olímpica y entonces nos pusimos todos a tirar balones a las canastas y a americanizar las plazuelas de Béjar. Los que estuvimos  castigados antes como porteros lo seguimos después estando como bases, lugar de la estrategia donde  alguno se apasionó tanto que creció en exceso y frustró su carrera.

La televisión, la radio y las presiones directivas terminaron con nuestros sueños de NBA, y restituyeron a España a su puesto mediocre de comparsa futbolera.

Contando cuatrienios hemos seguido hasta hoy en espera de la cita mundialista, que es citarse con el patio de colegio y es apostar siempre por la decepción. Todo con tal de adherirnos a la estela de este mundo monoteísta que programa batallas campales entre naciones, guerras de sangre y penalti, para encontrar su Dios perdido y su tregua en el balón.