Creyendo que todo él es orégano, ciertos "monteros" se han puesto el monte por montera y el escrúpulo como tocado para campear hectáreas y beneficios, poniendo, en definitiva, puertas y portillas al campo. Todas las regiones acomplejadas por el drama romántico de las crisis demandan en algún momento un líder populista, medio ácrata y medio despolitizado, para volver a creer y soñar en sí mismas.
La estrategia para llegar a la situación extrema que lo propicie consiste en crear un caldo de cultivo que taladre nuestras conciencias plebeyas con los términos terribles -decadencia, crisis, paro, emigración-, y su énfasis desmoralizador; nuestra natural tendencia al pesimismo, nuestra ingenua credulidad, hacen el resto. Cuando llega el hartazgo en la continua maldición al prototipo de político, derribando todas sus estatuas como Husseines agotados y vencidos, aparece en la doblez de la siguiente esquina esta rareza de Mesías adinerados o de nuevos protectores, como timadores castizos de otro tiempo con la oferta del duro a peseta (del euro a céntimo) en la boca.
La generación espontánea de magnos inversores y redimidores de comarcas agónicas, como la que nos inspira, está formada por los nuevos buscadores de fortunas entre los infortunios ciudadanos, que se frotan las manos contando dividendos mientras otros lo hacen por obligación y desamparo; una estirpe de piratas entrañables que se forjan su prestigio en el clientelismo, cuando dimiten las esperanzas y las esperas terminan por torturar.
Asistimos al éxito de los rastreadores de pueblos en trance de desaparición para clavar sus banderas sobre la pirámide de derrubios de ruina en que, las últimas décadas, les han dejado convertidos. Pueblos, como éste, que van entregando sus bienes montanos, sus inmuebles desvalorizados, su pasado traicionado, su alma, en definitiva, por un plato de lentejas, por una nómina mileurista con la que escudriñar el fin de mes. Estirpes enteras que reniegan de los tesoros de la abuela, que deshacen, sin pesar de conciencia, sus ajuares con tal de entrar en el trueque del progreso con ropa nueva y espíritu regenerado.
Francisco Montero es el benefactor (y beneficiario) que nos ha tocado en suerte; un leviatán de mitología moderna seducido, al parecer, por la incomprensible belleza que destilamos y por la más extraña rentabilidad que esta encrucijada de infortunios puede esconder. Y son hábiles y meritorias las mentes avanzadas, como la suya, que pueden preconizar provecho de este rincón con ángulo de telarañas y polvo sin tiempo, los que apuestan sus cuartos a la carta de este difícil paisanaje del que huyen por igual viejas haciendas que nuevos intelectuales.
Cuando la economía quiebra y las tripas del lugar se retuercen menesterosas, no hay cultura, historia, ni turismo rural que lo solventen; no hay apelaciones al bucolismo ni a la resistencia; todo consiste en esperar pacientes a estos salvadores de nuevo cuño, aficionados a causas perdidas como la que nos ocupa y nos distrae, señores monteros nuestros de cada día, monteros de nuestros pecados y virtudes, encomendados estamos a su inevitable excelencia.