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Mateo; genio o mal genio

Oscar Rivadeneyra

Cada veinticinco de noviembre hay un extraño vínculo sentimental, una correspondencia etérea, entre los benévolos críticos y aficionados que nacieron a la escultura, su contemplación o su investigación, con el estudio de la vida y obra de Mateo Hernández. Un nexo que llena los vacíos y acorta las distancias entre biógrafos, tesistas y diletantes repartidos por la geografía española, los ámbitos de la erudición académica francesa o los privados coleccionistas del otro lado del mar; que en un entendimiento pasajero puede llegar a devolvernos provisionalmente a Majada o a Montillana desde sus particulares paraísos de rastreadores al olor del arte.

El estandarte colorista de los bosques aledaños, desatados en etiqueta de otoño, es el señuelo que nos recuerda aquí la efeméride más perdurable de las artes bejaranas: la desaparición de Mateo Hernández en un recién liberado París que tarareaba todavía Lili Marlene y empezaba a besarse en la boca posando secretamente para Doisneau. Una muerte de Belle Epoque y República recobrada, de gendarmería y gorra de De Gaulle; muerte entre las piedras frías de Francia y las desnudas modelos de cabaret con las que sueñan siempre los artistas. Los franceses miraban entretanto a "Los burgueses de Calais" y no a la "Bañista"; a la osamenta sagrada de Rodin y no al "Autorretrato sedente" de un español palurdo, soberbio y eternamente malhumorado que más que pelear con las rocas y con los hombres, se defendía de ellos con idénticas manos y armas.

Al amor de un fuego de fragua de cinceles un plural elenco de investigadores se afana año a año en redundar en sus recuerdos o en paladear sus placeres frente al arte, menguado siempre, en el caso particular de este escultor, por morbos locales que, como estigmas, definen su biografía: la de un castellano estatuario de charanga y pandereta entrometido en notas de "chançon" francesa. Un españolito demasiado tópico y normal que cargaba menhires y dioritas a la espalda como un Obélix del sur, resistiendo a todos los envites culturales y a las contaminaciones estilísticas de la resabiada Francia. Ese contrapunto con su medio ambiente algo tendrá que ver con el mal carácter proverbial y la subida vanidad del escultor bejarano, apenas suavizados por la leve concesión a la finura y exquisiteces galas de convivir con amante parisina. En esto entronca Mateo Hernández con toda suerte de gigantes de la creación que el estereotipo o la experiencia nos los muestran obsesivamente malhumorados: Miguel Ángel, Beethoven; tozudos: Goya; engreídos y violentos: Caravaggio, Picasso.Muy lejos siempre de la dulzura y humildad que se presupone en quienes albergan sensibilidades artísticas. La mitificación de los artistas se trasforma en España en mixtificación.

La más diáfana de las definiciones del carácter de nuestro protagonista la encontramos de puño y boca del escritor vasco Pío Baroja, compañero ocasional de terrazas y cafés, muy a su pesar, como vemos y describe en sus Memorias:
"También conocí por entonces a Mateo Hernández, hacia la época de la guerra mundial, en París, escultor animalista, que, al parecer vivía muy bien instalado en una casa o château. Esculpía entonces figuras directamente sobre la piedra, sin hacer modelos de barro y sacar luego la estatua de puntos. Yo no sé el mérito y el carácter que puede dar esto a una obra.

Mateo Hernández era un hombre que no hablaba más que de sí mismo y de sus obras. Solíamos ir a un café Corpus Barga y yo, y se nos unía Hernández. En el camino no hablaba más que de sus esculturas y de sus éxitos. Yo le dije un día a Barga:

-Creo que no voy a volver al café este.
-Pues ¿por qué?
-Porque Mateo Hernández no hace más que hablar de sí mismo, y esto es demasiado aburrido."

El alter ego de Shanti Andía desmitifica con su sobria prosa un estereotipo de humildad con alcance apenas local, y mete, de paso, el dedo en la llaga (el dedo en la piedra) para deshacer la afirmación, difícilmente sostenible, de que los méritos de una obra escultórica (obra de arte, ojo) puedan basarse en la dificultad física de su realización. El pasado adolescente de Mateo, su implicación genética y laboral con el gremio de los canteros, que a menudo se esgrime como base de su virtud, puede ser, según se mire, su verdadero handicap y su auténtica limitación. En esto coincide Baroja con Eugenio d'Ors y con una retahíla de críticos que han lanzado sus dardos al escultor, cuando no su indiferencia; críticos que no tendrán el veinticinco de noviembre señalado en el calendario.