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Marear la Perdiz

Oscar Rivadeneyra

La expresión usada por el Grupo Cultural San Gil para definir la actitud de los políticos en el tema de El Bosque es la de "marear la perdiz" que, en tiempos de gripe aviar es una más que arriesgada metáfora. No hace falta ser cazador para saber que quien marea perdices no busca otra recompensa que matarlas al vuelo y no es el otoño mal época para empezar a cobrarse piezas, abierta la veda. Caldera y Riñones nos están deparando unas aburridísimas semanas de jara y sedal en las que siguen el rastro de perdices, paradores y ciudadanos en pos de la vulgaridad del voto, un derecho que el resto de ciudadanos tenemos olvidado durante cuatro años pero que los hombres políticos recuerdan a diario.

El Grupo Cultural nos enseñó que antes de nada El Bosque fue coto de caza privadísimo, por eso ahora nos hablan de perdices que es una de las pocas especies cinegéticas que aun campean por  estas sierras después de que el más montero de los Zúñiga diera buena cuenta del último oso, con Góngora como testigo enrevesado (el poder ha encontrado en la caza una sustitución divertida y teatral de la guerra, que es para la que han sido concebidas 
todas las familias privilegiadas).

Cuando se ha acunado durante años un lugar, alejándolo con mimo de toda proposición indecente y de todo proyecto pervertido, cuando se ha estudiado un sitio hasta el punto de doctorarse en él como le ocurre al "culto grupo de la conocida torre" con la Villa Renacentista, aparecen los celos al ver como otras entidades pretenden compartir mimos para un mismo jardín. Tras los avisos de San Gil, prudentemente distantes a lo que de uno y otro lado viene, y en espera de que la Comisión de Patrimonio ponga orden en esta cacería, regresa El Bosque a su calma chicha.

Por proposición de la clase empresarial y por omisión de la obrera la escasa oferta partidista de nuestro Ayuntamiento debiera reconciliar sus posturas en beneficio de todos, y que mejor lugar para la paz que esta quilla ajardinada de Béjar, vanguardia de la ciudad si es que hacia oriente caminamos. Y es que para algo el jardín se trasformó en romántico, lugar prohibitivo para romances tales. Por eso populares y socialistas (las dos palabras son etimológicamente sinónimas) debieran aprovechar las frondas de este jardín para darle uso amoroso y consumar su idilio antes de que otro temporal lo desbroce. Son demasiadas las coincidencias y las compatibilidades entre ellos como para querer disimularlas continuamente en desaires, avergonzados de todo lo que les une. Por eso mucho me temo que el ejemplo romántico que tomen nuestros políticos no sea el de la pasión sino el del duelo retado, o más decimonónico todavía, el del suicidio de todos los cien y un proyectos que la contemplación de El Bosque ha inspirado, y que condenados al fondo lodoso del estanque sean en él poco más que papel mojado.