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La Mala Educación

Oscar Rivadeneyra

Cuando el paso continuado del tiempo nos desvincula de los parabienes y de las atenciones que el mundo deposita sobre la juventud, un secreto rencor hacia la adolescencia nos vence. Una envidia difícilmente disimulada dirige nuestros actos y nuestros juicios hacia el alter ego de nuestra pubertad perdida en manos de una generación nueva y venidera.

Abandonar el escenario callejero de antiguas travesuras propias, para que otros nos revelen en la rebeldía, derrotados nosotros por su fracaso, debe ser la madurez.

Por no contradecir nuestra condición, desde la atalaya del conservadurismo, saeteamos con virulencia todas las torpezas díscolas con que la chavalería va naciendo a su implicación social, municipal, .tal vez política. Y hablamos de ellos con un deje peyorativo en el rencor rendido de nuestros ojos.

Resulta que la multiplicación mensajera que internet permite, me convocó vía e-mail, como  a tantos otros, a la protesta vocal y agria que los jóvenes desataron en el inicio de las fiestas hacia la víctima fácil y propiciatoria del alcalde. Me desentendí de la masiva cita, no sintiéndome aludido ni perjudicado por la supuesta deficiencia del programa de fiestas hacia los intereses de la juventud bejarana; ni tampoco creyéndome partícipe, ni por edad ni por espíritu, de problemas tan banales. Pero esperé impaciente los resultados del primer atrevimiento insumiso que los veinte años han despertado en esta generación.

Impulsados por la heterodoxia que se les exige, fácil de llamar la atención en tan sobria ciudad, o, quién sabe, si por las prisas de quien intuye ya la fugacidad de la edad juvenil, las imberbes peñas se lanzaron al grito y al abucheo con ese convencimiento ingenuo de quien se cree partícipe de una sublevación. Pero esta desobediencia, lejos de trascender mucho más que la esquina de un periódico o la conversación tardoveraniega, sólo parece un estrambote de los juegos de la infancia con el aliciente del riesgo casero o la última gamberrada del verano, fruto más de los efluvios festeros que de la discrepancia verdadera.

Soltar gritos o mostrar espaldas entre el general bullicio es abundar en la modorra colectiva con una estrategia de supuesta trasgresión, más deudora de los guiones de "Rebelde way" que inspirada en el cuaderno de bitácora del "Che". A esa edad la mayor y mejor de las rebeldías es la de desatar un tanga antes que desatar tormentas revolucionarias que puedan aguar después con su riada el deseo último que se busca: la fiesta porque sí, con excusa o sin ella; y jugar a ser irreverentes e inconformistas con una sonrisa en la boca.

Pese a mi abierta discrepancia en las causas de la movida, la ausencia en tan airada manifestación deja un poso de pena en quien esto suscribe, pues supone la renuncia definitiva y personal al último fleco del inconformismo, y el sometimiento definitivo a la buena educación (ahora comienzan a verse los resultado de una enseñanza en colegio de pago). Sorbemos a diario la pesadumbre de haber colgado ya los trastos de la sedición y la subversión: pins con la paloma de la paz, pañuelos palestinos, la voz hecha al alarido y a la soflama, y la maquina de escribir al pasquín y al libelo. A algunos sólo nos va quedando, en ciertas tardes de desasosiego, las ganas de poner el grito en el cielo maldiciendo el por qué ya no tenemos dieciocho.