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Magos Inmigrantes

Oscar Rivadeneyra

En este país blanqueador de pieles que palidecía con blanco España las caras de sus vírgenes morenas, en el que las damas de alcurnia se empolvaban la nariz de lechoso maquillaje mientras las segadoras avergonzaban sus caras oscuras de sol y trabajo, seguimos siendo la intersección confusa del choque de civilizaciones y de razas: la cristiano-occidental, a la que pertenecemos por designios de convencimiento; y la oriental o musulmana, en la que la historia nos sumerge, y cuyos atavismos nos traicionan abordandonos el subconsciente de tarde en tarde. Vivir en esta tangencia nos hace ser símbolo y referencia de la feliz idea -¿ingenua?- de la Alianza de Civilizaciones, en aras de un idilio de conveniencia que trasforme las fronteras (hoy mitificadas y salteadas por los inmigrantes) en amistad con derecho a roce y a goce.

No hay más que acercarse a la enternecedora Navidad para que esa dicotomía hispana entre mundos aflore en el imaginario colectivo de seres fantásticos y de ilusiones heredadas. Cambian estas fechas circunstancialmente los enojosos debates partidistas por un debate de ficciones: Papa Noël o los Reyes Magos. El primero con diéresis de elegancia sobre la e, orondo de comida californiana y sonrosadas mejillas que encierran profundos ojos azules; un personaje de fantasía anglosana, más warholiano que dickensiano roba el corazón iluso de nuestros niños, cada vez más altos, más rubios. El imperialismo puede volar sobre nuestras cabezas a bordo de cazas y bombarderos o en trineo de renos por las pistas negras del cielo. Y en el otro lado del altruismo, centinelas de lo castizo: los tres Reyes Magos, sureños y orientales, mayormente de color, y de orígenes menos privilegiados, a pesar de la regia sangre, que deben provenir de desiertos lejanos y remotos (que diría, en infeliz oportunidad, don José María Aznar a cuento de "reyes" menos piadosos).

Las dos españas se trasparentan también eligiendo estos mitos y héroes etéreos del final del año. Hay una España de charanga y Ralph Lauren que consume sin escrúpulos hamburguesas dobles y esquía las fiestas de guardar para parecerse europea, una España que escribe mails a Papa Noël con código de SMS; y otra España que cumple a diario con el parte de la televisión pública, sin despegar los tópicos de su boca y sin dejar de escribir epistolarmente, año a año, a los Reyes Magos. No es cosa poco seria decantarse por uno de los benefactores de tan obligados como inmerecidos presentes, y dejar traslucir, con la decisión tomada, nuestras cargas de prejuicios hacia lo extranjero aunque nos riegue de regalos. Poco a poco va deshaciéndose ese país antiguo, sensato y consecuente, y tornándose en un sucedáneo de modernidad, de progreso mal entendido que ha dado como 
resultado la nación que somos: la que recibe con menos recelo a un pulcro y adinerado yankee o hijo de la Gran Bretaña, sea Beckham o Papa Noël, que a unos oscuros nómadas sureños por muy reyes que se sientan, sean Baltasares o Mohamets.

Las estadísticas van convenciendo de la realidad al lado perverso que tantas horas de COPE y tantas páginas de EPOCA han hecho aflorar en los españolitos: España será más rica cuanto más de par en par abra sus puertas. Para un país los Reyes Magos no son los padres, son los inmigrantes.