Lapsus Linguae por la Paz
Al extremo de la crispación política no se llega, en este país, mentando a la madre santa ni argumentando equilibradamente la equivocación flagrante del contrario, ni dejándole en la evidencia del hurto o del crimen. No; el extremo de la crispación se alcanza cuando a un político se le piden cuentas y justificación por un lapsus infiltrado traicioneramente en mitad de su lenguaje y de su discurso. Los caprichos de la inconsciencia, y las multiplicadas digresiones que el pensamiento realiza detrás de la línea del discurso de un político, a veces cruzan los cables del verbo y concluyen en el castizo lapsus linguae a través del cual los sagrados e incorruptibles oradores nos descubren su humanidad. Los lapsus linguae no son más que las tomas falsas de un mundo sometido a equivocaciones de las que no se debe hacer trascendencia sino chanza. Pedir cuentas por un lapsus del lenguaje a un político, pongamos a un presidente del gobierno, es, pues, pedirle cuentas por demostrar su humanidad, es decir la condición que más se debe demandar a un individuo de estado. De quien habrá que sospechar será del que enarbole y exhiba insoportable perfección e incapacidad para el error: la perfección -algún ministro lo dijo- siempre es un poco fascista.En comunión con el resto de mortales, los que balbuceamos, tartamudeamos y desordenamos las palabras, el presidente Rodríguez Zapatero, en pleno éxtasis de desánimo y frustración, tradujo "atentado" por "accidente". No tardó la perfección nacional (por descarte inhumana y por deducción también algo fascista) en hacer referencia al "accidente" inoportuno y en psicoanalizarlo como quien interpreta el absurdo lenguaje onírico o como quien busca una penumbra sombría en el envés de las palabras.Sucede que las erratas con etarras de fondo no parecen cargadas por el azar sino por el mismo diablo, y en este río revuelto de las frases y los hechos siempre habrá ganancia de pescadores, de pescadores del voto quiero decir. Tal vez el atentado en vigilia de nochevieja no fuera más que un "suceso eventual que altera el orden de las cosas" tal y como define el diccionario a la palabra accidente y los dos términos se dieran la mano en el significado de la atrocidad de Barajas; pero siempre el morbo de las muertes con génesis política nos ocupa más que las verdaderamente accidentales (los accidentes de automóvil son infinitamente más numerosos e infinitamente menos tenidos en cuenta). O será tal vez que el oyente que calla por vergüenza ignora el verdadero sentido de las palabras y se aventura a hacer sangre del supuesto error de quien sí se atreve a hablar como quien "está en el candelabro o en el candelero" que ambos términos significan exactamente lo mismo.La deslealtad y el mal gusto de pretender ver intención en los errores ajenos buscando rédito de las traiciones de la lengua son la última y triste novedad del discurso de la oposición, que tiene entre sus filas portavoces que atentan a diario contra la sintaxis del castellano. No hace otra cosa, esta estrategia, que distraer de los verdaderos errores ntencionados: deseé que Mariano Rajoy hubiera cometido un lapsus linguae cuando afirmó no querer ir a las manifestaciones "por la paz, la libertad y contra el terrorismo".Pero no. Se trataba de una certeza, de una certeza de lengua y de insolidaridad.