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El Insulto Devaluado

Oscar Rivadeneyra

De cadáver político maloliente a quien no quieren ni en Cuba ni en Béjar calificó el primer edil al jefe de la oposición socialista frente a los micrófonos radiofónicos, ante la indignación de este oyente que ahora les escribe y que supongo compartida con los demás. Y llega a mí la nostalgia por la Segunda República y su parlamentarismo que hacía de cualquier retórica, también la del insulto, un ejercicio de elegancia tal que hasta el insultado podía enorgullecerse de la descalificación que propiciaba. No hay nostalgia más profunda que la que añora tiempos no vividos y discursos a los que no llegamos a tiempo.

El insulto, la palabra soez o la blasfemia están devaluados desde que Camilo José Cela perdió la cuenta de las denominaciones varias que el castellano da a las prostitutas y desde que las ruedas de prensa más cercanas se formulan con lenguaje de late-night televisivo.

El buen gusto insultador, con la misma capacidad lesiva que categoría sintáctica, del que están llenas las Letras españolas se convierte en vulgaridad de palabras sin más intención que el de la ofensa cuando sale de ciertos paladares. La deficiencia verbal no se trasluce tanto al intentar elaborar en mensaje constructivo, que es la menor de las veces, o un elogio sino precisamente cuando de descalificaciones se trata.

Si entre lo pensado y lo dicho no media el filtro de la sensatez el resultado es un exabrupto como el que el alcalde regaló a su rival político hace unas jornadas y que desgraciadamente se va haciendo habitual en su discurso. Cuando de ese modo se insulta a un representante político el insulto se multiplica hacia todos sus votantes a los que no tanto por número como por vecinos y ciudadanos se les debe escrupuloso y cumplido respeto.

Como los seguidores italianos de Prodi podrán sentirse receptores colectivos de las ofensas (allí se les llamó coglione) que sobre su máximo representante recaigan. Pero volviendo a Béjar y a la inquietante deriva de la máxima autoridad lo ordinario de sus descalificaciones es directamente proporcional al del número de concejales que va perdiendo en pseudodimisiones o dimisiones a secas. Por la boca muere demasiadas veces el pensamiento y se desploma el castillo de naipes que suele ser cada partido político.

Lejos queda el afín político con que el alcalde inauguró una de sus legislaturas; los versos de aquel pleno de investidura preconcebían un gobierno de sensibilidades, palabras y rimas, dado que no de rapsodas ni literatos, que en su desaparición inmediata (sería horrible gobernar a golpe de endecasílabos) ni siquiera han sabido deshacerse en sátira, elegantes reproches ni sabios desprecios. Las ruedas de prensa y el micrófono abierto han sido el lugar del desahogo del interiorizado odio mutuo de nuestros políticos, de los que los ciudadanos no participamos ni nos atraen pero entre cuyos dardos y saetas nos encontramos.  A la sombra de los insultos y cada vez con más perplejidad vamos viendo y oyendo a la legislatura discurrir, en la que cada insulto que se emite es un lamparón y una arruga más en su primera elegancia corbatera.

Y es que en aquel repetido lema que alardeaba la eficiencia con hechos, no palabras fueron las palabras mal usadas las que precisamente deshicieron toda virtud y perdiendo la h, mientras se perdían las formas, todo hecho ha quedado en echo convertido.

En Cuba o en Béjar Ramón Hernández deber ser recibido con la más prioritaria de las hospitalidades (ya hemos dicho que en general estas nunca fueron nuestro fuerte): la de las palabras, que en discrepancia o en alabanza nunca han de faltarle al respeto.