Nos ronda Ibarrola, un vasco desheredado y libre que vive en la infancia eterna y comprometida de pintar encima de las piedras, los árboles y la tierra. Nos ronda este anciano canoso, tocado con txapela inevitable del que cuelgan las lentes con las que los artistas median entre su mundo y el de los demás. El escultor y pintor se ha enamorado de una dehesa abulense, no muy lejana, donde pasa estos días promoviendo sus intervenciones pictóricas: colorear las provocadoras piedras de Castilla, que son montañas azules en lejanía y versos de Berceo, pero grises al pie de ellas.
Por la periferia de España ha entrado siempre el color de Europa o simplemente el del mar, que los pintores de interior han sido incapaces de entender y asumir deprimidos en una neutralidad de paletas blancas y negras.
Ibarrola propuso para Salamanca su "bosque de árboles redivivos por el color" sin saber que esta Salamanca sigue siendo el mismo páramo de curas y mayorales de "Nueve cartas a Berta". No entendieron los salmantinos de ayer y hoy, empezando por sus autoridades, que la vanguardia del presente será el clasicismo y la monumentalidad del futuro, que no es concebible una ciudad Patrimonio de la Humanidad sin osados e incomprendidos arquitectos luchando en el pasado contra las incomprensiones.
Creyó Ibarrola que su propuesta arbórea de color encontraría acomodo en una ciudad universitaria, pero el universo de ella queda reducido a cuatro calles entre Libreros y Palominos, y su bosque encantado encantó a pocos juntando en un mismo rechazo la cortura de miras y el prejuicio por todo lo vasco. Cuando los artistas de aquel país se acercan por estas tierras, brocha o lapicero en mano, más de uno se echa a temblar porque de ellos siempre se espera que dejen los pinares chorreando colores o agujereadas las montañas, que son más blandas, no obstante, que las cabezas de quienes las habitamos. Los artistas norteños, por tradicional condición rebelde, nacieron pintando las paredes y llenándolas de reivindicaciones, por eso no es extraño que extiendan esos grafitis a los árboles del monte mezclando protesta y belleza en las cortezas donde nosotros sólo supimos horadar corazones y siglas.
Si a Ibarrola, desde la Ávila vecina, le da por visitarnos, habría que tapar demasiados bosques y demasiadas piedras caballeras para que no tentaran su testa de artista tribal y no amanecieran alguna mañana de este otoño los Picos de Valdesangil (a los que más de un escultor les tiene ganas) carmesís, magentas o añiles o los bosques umbríos y precipitados del Tranco del Diablo con vitolas coloradas. Una frivolidad de follaje, una versión extravagante del paisaje. Una sorpresa para nuestros días, imposibles de colorear.