De la soledad del corredor de fondo en el ciclismo dado a aventuras sin compañía y kilométricas galopadas no se libran sus protagonistas ni con toda la palabrería escrita debajo de los tubulares; esa que ha convertido la ruta del ciclista en un larguísimo cartel, donde el aficionado suelta sus bilis y su adrenalina en forma de pintura.
Escribir sobre el firme por donde van a pasar después todas las ruedas del mundo es el ejercicio al aire libre que prefieren los aficionados más fanáticos a este deporte en horas bajas, alargando sus gritos y dejándolos sellados en la zahorra de las etapas reinas.
La primera arte gráfica de todo chico de barrio consistía en dibujar rayuelas en el patio, con tizas birladas a la pizarra colegial, para que las suelas del paseante, la lluvia desaguada o los triciclos la borraran. Desde allí se llegó, con bote de acrílico blanco, hasta las cuestas del ciclismo profesional, la rayuela se trasformó en mensaje más explícito, y el pintor de suelos terminó por hacerse cronista del deporte de doble rueda, desde su cima y prestigio hasta su actual descrédito. Estos grafitis de suelo comenzaron siendo un sustitutivo de las pancartas en donde se escribía con rótulos de elocuencia y aliento el nombre de los ídolos. La aventura gráfica del asfalto debía tener ese componente de nocturnidad y de prevención que la hacía apasionante, tanto al ser perpetrada como al ser disfrutada después visualmente con la televisión como testigo. Y así, de ese modo, dejamos perdidas las carreteras con pintura blanca y nombres de campeones, con caligrafía todavía escolar ocultando con las mayúsculas la ignorancia de los acentos y dejando el letraset y el word para futuros más rotulados. Algunos cambiaron los finos pinceles por la brocha y el rodillo, y el soporte tenso por la dureza de la carretera en la que iban quedando muestras del arte más sincero (el de esa pasión irracional entre fan e ídolo, sobre el que este último pasa de largo).
Lo que se inició como peculiaridad del ciclismo ha terminado siendo un cajón de sastre en el que cabe cualquier reivindicación, por ajena al deporte que sea: descalificaciones hacia el prójimo menos querido, declaraciones amorosas, publicidad subliminal y evidente, y alusiones subidas de tono. De todo menos, casi, ciclismo. Así, la carretera estampada en día de competición, va pasando a ser el auténtico reclamo de la vista, cuando los deportistas desmerecen este mito histórico, y van decepcionándonos, estimulados menos por su nombre pintado limpiamente en la carretera que por el estimulante artificial y exógeno; más por el empujón secreto y médico que por nuestro grito enfervorizado desde la cuneta, donde se espera bajo soles justicieros la fotografía movida y fugaz de los ídolos.
Y es que la estela de la serpiente multicolor, lo que va quedando del deporte del pedal, es una estela de pasiones escritas en el asfalto o en papel de periódico de los rotativos deportivos, por los que corren riadas de tinta y de morbo; pintura reciente y resbaladiza por los héroes del Tour, de la Vuelta, del Giro: traidores o traicionados.