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El Glamour de la Biosfera

Oscar Rivadeneyra

La niñez y la adolescencia las pasé juntando dominicalmente las dos versiones del sur de Salamanca: la sierra de Quilama y la de Béjar; yendo a una para ver la otra, regresando a la otra para ver la una, y desdoblando la personalidad fabricada con porcentajes de nieve y jara en el intervalo geográfico que, después, la toponimia y la administración denominaron Entrecierras. La ida cruzaba desde el prosaísmo y la pragmática de Béjar, que todavía era una fiesta disonante de telares, hasta los afanes legendarios de las montañas del oeste por donde, en regreso, ardía a nuestras espaldas un ocaso de cirros y horizontes, mientras se recorrían, Sangusín mediando, la cuña de la estepa salmantina; sangre, sudor y lágrimas en la frontera de León y Castilla.

Pero esa era otra historia y otra asignatura, porque lo que aprendimos, atrapados entre el cautiverio de estas dos montañas, tenía que ver, sobre todo, con la exhibición de las prendas de la naturaleza desfilando por la sinuosa pasarela de la provincia de Salamanca: las reliquias agrarias y hortelanas en los bancales oficiando de escalas por las laderas inaccesibles, el cerezo bermellón de los otoños o la hoja de parra con bucles de sarmiento tapando púdicamente las vergüenzas de la tierra desnuda. Hombres de granito u hombres de cuarcita, mujeres de musgo o damas de brezo: sierras crecidas hacia el cielo, en Béjar, menguadas sólo por el buril del hielo en las noches de relente mientras los niños duermen o sueñan; sierras crecidas hacia dentro en la Quilama, en inversión de cuevas, de grutas de profundidades buscando alcanzar las del alma de los serranos, todavía quimera parta antropólogos.

Así, siendo testigo de los idilios aéreos entre el Cervero y el Calvitero, mensajero de sus cuitas y venturas, perdimos la costumbre dominical de recorrer la distancia entre ellos, pero de tantas horas compartidas entre el arrimo de ambas versiones de la montaña, nos perduró un poso con olor en la ropa a linces recónditos, a droseras y a sabia de castaños que, todavía, en perfumes errantes, movilizan en mí el engranaje de la nostalgia.

Y poco supimos, por entonces, que el gesto o el vestido de sendas sierras, sus modas y mudas de otoño, primavera o verano, serían glamour para los ojos forasteros (los más objetivos generalmente); que la ONU haría intermedio en su tarea de deshacer entuertos, y miraría a la paz verde de nuestro paisaje en la entraña más recóndita del iberismo, para declararnos, sin alharacas ni artificios Reserva de la Biosfera, declaración de amor donde las haya. Más de uno ha tenido que reencontrarse esta semana con el libro de Ciencias Sociales, donde quiera que esté, o con el Espasa-Calpe para rememorar el significado de la palabra o enunciarlo y definirlo por vez primera, y reconocerse conmigo como habitante sano que respira de ella, de la biosfera, gracias a la conveniente conservación que este minúsculo pedazo de globo terráqueo tiene.

Será difícil sacar de la mentalidad burda (herencia de los años acomodados) a buena parte de la población de esta reserva natural, será complejo desvincularse de los folclorismos vernáculos que nos siguen dando deficientes resultados turísticos y apenando nuestra imagen; imposible casi vestir a algunos con el nuevo glamour de la biosfera.