El cine norteamericano, con cuyos estereotipos hemos crecido, amado y llorado con estilos ajenos, nos llevó, a golpe de argumentos y finales felices, a hacernos creer que los infinitos matices de la vida se resumían en una historia de buenos y malos. Que en la cara vista de la gran pantalla, con sintonía de palomitas e intriga, recibiríamos la explicación de nuestro comportamiento, con claves de séptimo arte, en todos los juicios que dirimiéramos y en todas las afrentas que nos esperaran. La insoportable perfidia del hombre buscado por las autoridades, enmarcado con un "Wanted" de búsqueda y deseo, y con el sentido de la maldad hecho ojos, boca y gesto, ha triunfado entre el espectador y su necesidad de salvaguardarse la conciencia con la existencia lejana de un bellaco oficial.
El malo cinematográfico tiene la extraña cualidad de hacernos respirar tranquilos, pues cuando el guión le señala, con dedo inquisitorial, como responsable del asesinato, la guerra o la injusticia, nos exime a nosotros (su público) de toda implicación o complicidad.
La paradoja de España, país rabiosamente antiamericano pero voraz consumidor de cine estadounidense, nos ha llevado a una curiosa consecuencia: seguir los esquemas simples de su cine para buscar un referente de perversidad que combatir, un individuo donde converjan todos los males posibles, encontrándolo en el caudillo de los norteamericanos: ahora George W. Bush. Lo vemos en la cabecera de nuestras conciencias con mueca retorcida de pulcro Rambo, sobre un indicativo de "Se Busca" y abriendo torpemente la Caja de Pandora para lanzar perfumes de perversión por el mundo. Hemos hecho del Sheriff el Füher y del Séptimo de Caballería el malo del séptimo arte.
Heredamos a los caricaturistas del primer Bush vengador, progenitor del actual, o del cuatrero Ronald Reagan, invitando, aerosol en mano, a los yankees a partir hacia su casa, y dejarnos tranquilos en la fila de la última peli de Spielberg, bebiendo viciosamente la colorada lata de Coca-Cola.
Hoy, con el planeta hecho unos zorros y con la sensación de pisar a diario antesalas de guerra, España, los españoles, nos erigimos como mediadores de un conflicto bilateral apelando a la concordia ingenua entre civilizaciones. Hemos encontrado de nuevo en el patrón del sueño americano, George Bush (hijo), la diana del desahogo, el receptor de los insultos y el responsable asesino de guante blanco y dedo firme.
Pero George Bush venimos siendo todos, no queriendo descabalgarnos del modo de vida occidental (versión europeizada del "Way of life of America"), asentando este diario bienestar sobre la balsa negra del petróleo que preside nuestros pasos y nuestras posesiones. George Bush somos todos cuando abrimos el grifo de gasolina o escalamos la jerarquía de nuestro pequeño capitalismo, cuando nos asomamos al alfeizar reconfortable de internet o nos envolvemos por el mágico subyugue de los efectos especiales, cuando amamos a Angelina Jolie y a Scartett Johanson, imitamos a sus galanes, y demandamos presentes a Papa Noel, diciembre llegando, o cuando exigimos a los satélites USA nos den la exacta precipitación del día de mañana. Bush somos todos cuando nos sometemos al estornudo premonitorio de Wall Street.
Odiamos a los americanos con el grito pelado de las manifestaciones (¡No a la guerra!) pero con la boca pequeña del día a día.
Yankees, go home.pero no demasiado.