No habíamos asumido todavía a Franco como personaje histórico, determinante y decisivo, cuando nos toca interpretar ahora su lejana efigie como obra de arte; elaborar juicios de cátedra e intelectos con el fin de condenar o absolver su presencia tridimensional por las calles y plazas del país. Le habíamos rebajado en pesetas tintineantes con su perfil, desde nuestro parco bolsillo al coleccionismo; y el tiempo ya amplio de sus monumentos había dejado su pose orgullosa encima del caballo convertida en desfogue de palomas, en incentivo de grafiteros, y provocando aun una irritante familiaridad en el peatón.
Ahora es el arte (excusa para todo tipo de perversiones), si lo hubiere, la única salvaguarda con la que el proyecto de ley de la Memoria Histórica puede amnistiar la presencia monumental del arcaico dictador. El discernimiento entre lo baladí y lo artístico, entre lo trivial y meritorio en la iconografía franquista, será el ejercicio crítico (y cínico) que nos espere mientras le aguantamos la mirada sin pestañear a la estatua ecuestre y broncínea del Generalísimo.
Si el quehacer gubernamental de su largo patroneo de España (casi cuarenta años) sigue dando para toda suerte de valoraciones -siempre entre la deidad y la monstruosidad- su conversión propagandística en presunta obra de arte no va a dar para menos discrepancias de peritos y expertos en la materia. Se cruzan demasiadas veces en el camino las inciertas ciencias de la política y del arte, pues, antes de que estuviera cargada de futuro, la poesía lo estuvo de poder, de sumisión al mandatario:
La calidad estética y la apariencia de los dictadores de Europa no ha superado casi nunca lo ridículo y lo grotesco, por lo que tenían que enmendarse con una puesta en escena de magnificencia. Contaron para ello con un puñado de escultores, arquitectos y pintores dispuestos a idealizarles por más que el referente fuera la antítesis de lo apolíneo. De la extraña intimidad que une al modelo con el artista (perversa cuando el primero es un dictador y el segundo un divo) disfrutaron innumerables pintores, entre los que me quedo con Salvador Dalí en despacho informal con el dictador previa alabanza surrealista al fascismo, pintando después las piernas de su nietísma Carmen, ahora despendolada; y con el anecdótico, pero envenado, cuadro que Picasso dedicó al Generalísimo con el explícito título de "Sueño y mentira del general Franco". La pintura es a veces un demagógico engaño de colores e intenciones.
La Guerra Civil fue la inflexión hispana y traumática del siglo XX, la revocación de toda neutralidad posible tras ella. Pero ya es tiempo de mediaciones y diplomacias, por eso tal vez la auténtica reconciliación resida en lograr ver en los bustos escultóricos o pictóricos de Queipo de Llano, de Mola, de Millán Astray, de Franco. la magia del arte suficientemente intensa como para velar la trastienda terriblemente humana que esconden.
La iconoclasia que caracteriza a la democracia se cura en salud con esta oportuna ley de la Memoria Histórica, y previene del gigantesco magnicidio artístico que podría conllevar la desaparición de aquel legado estatuario. La Historia no indultará a los dictadores, pero las sagradas manos del cantero que tallaran el perfil franquista en el medallón de la plaza salmantina serán siempre inocentes: sucias de arenisca y cincel pero limpias de sangre. El talentoso moldeador en relieve de los escudos aguileños del anterior régimen que frecuentan las nobles paredes universitarias (estandarte en realidad de los Reyes Católicos, mixta y matrimoniada ración de dictadores) será honesto de todo punto. Porque en la entraña de su obra, una sensibilidad ilustrada encontrará antes el aliento eterno y neutral del arte que el nauseabundo de los genocidas.